Tiquis vive de alquiler desde hace 4 años en una casa que odia pero que le permite llegar al trabajo en cinco minutos.  Para ello, necesita coger el coche todos los días a las 8:00 en punto ya que todas las carreteras que llegan hasta su oficina son de mucho tráfico se crea cola. Su vecina Patricia es una mujer de unos cuarenta años, tez pálida y espalda desproporcionada. Tiquis la espía de vez en cuando, lo hace mientras espera a su profesora de piano. Patricia no trabaja. Tiene un coche todo terreno que aparca todas las noches delante de la casa de Tiquis.

A las 7:50 de la mañana, como cada día, Tiquis sale de casa con en mano su bolsa térmica y las llaves del coche. Cierra la puerta con cuidado (dos vueltas completas a la derecha y media a la izquierda para sacar la llave limpiamente y sin forcejeo), se da la vuelta y topa con el 4×4 de Patricia que le corta el paso. Ya es el segundo día de la semana que llega tarde al trabajo por culpa de Patricia que se olvida de quitar el coche de su puerta por la mañana. No puede permitirse otra discusión con Anabel, las cosas no van bien en el trabajo y llegar tarde a otra reunión lo haría quedar muy mal. Piensa lo que piensa y, armándose de coraje, decide ir a tocarle al timbre. “Esta vez es demasiado”, “Se va a enterar”, piensa. Con toda la fuerza que un pensamiento positivo puede generar en un cuerpo naturalmente pesimista, cruza la acera directo a la casa de en frente. Nada más dar un par de pasos, el destino le presenta su primer obstáculo; el perro de Patricia, un pastor alemán de nombre Alf, ha dejado un simpático y oloroso recuerdo poco antes del escalón de entrada. «Se fuerte y sigue adelante». «La mierda está ahí, quieta, solo tienes que esquivarla». Con grande esfuerzo y sin mirar atrás, Tiquis se acerca un metro más. Y de nuevo, otra prueba: el timbre está lleno de tierra y en la puerta se pueden ver huellas de manos que seguramente se limpiaron sobre ella. Piensa: «Has llegado hasta aquí, tú puedes.» Acepta su destino y toca al timbre. Patricia abre en batín.

–¿Qué es lo que quieres? ¿Es que no sabes las horas que son mamarracho? –Tiquis baja la mirada buscando refugio en sus zapatos.

– ¿Se te ha comido la lengua el gato? No, si ya lo decía yo que a este tarado le faltaba un hervor –dice mientras apoyaba sus fuertes brazos en su cintura. – ¡Habla hombre!

–No…es que… bueno… No.

– No, ¿qué?  No, qué. A tu casa, venga. ¡Arrea! Lo que hay que aguantar…

El portazo de Patricia es tan fuerte que hace que le entre polvo en los ojos. Tiquis queda inmóvil, tenso y al borde de un ataque de nervios. Su cuerpo espera un mejor momento para reaccionar. Tras 10 minutos de pura desrealización, Tiquis recoge la mierda de Alfi con un folleto del Lidl que encuentra en el suelo y la aplasta contra la mirilla de Patricia: “¡¡Tu puto coche hija de puta, tu puto coche!!”

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