El síndrome del aniversario

marzo 31, 2020 Relatos Cortos Comments (0) 153

La vida sin ti, después de ti, no puedo.

‚Äď¬ŅA qu√© d√≠a estamos?, ¬Ņes veinticinco?, ¬Ņes hoy mi√©rcoles veinticinco de marzo? D√≠game doctor, ¬Ņqu√© d√≠a es hoy?, ¬Ņme estoy muriendo ya?

Como cada d√≠a, Juan Carlos limpia y asea a su asistido. Ya le ha explicado muchas veces que √©l no es m√©dico, que es enfermero y que para hablar con el doctor tiene que esperar hasta el cambio de turno, a eso de las once. Pero el se√Īor Llopis tiene prisa. Lleva ingresado unas seis semanas y no ha habido d√≠a en el que no le haya preguntado si falta mucho para el mi√©rcoles. Fue dif√≠cil al principio, pero ahora ya se ha acostumbrado a mentirle y le sigue la corriente. ‚ÄďYa falta poco, hombre. Estamos a martes. Ma√Īana le toca, no se preocupe ‚Äďle dice sin molestarse en explicarle quien es √©l y por qu√© est√° donde est√°. ‚ÄďD√©jeme que termine aqu√≠ y as√≠ se puede ir usted preparando para lo de ma√Īana. ¬ŅDe acuerdo? ‚ÄďLos ojos con los que el anciano le mira le recuerdan a los de un ni√Īo que espera la llegada de sus padres. ‚ÄďDe acuerdo, doctor. Si usted lo dice, no habr√° m√°s que esperar.

‚ÄďLas condiciones f√≠sicas son buenas, no hemos encontrado ning√ļn traumatismo grave a pesar de su edad ‚Äďdice el doctor mientras bebe de la botella de agua que siempre le acompa√Īa. ‚ÄďEs m√°s ‚Äďcontinu√≥‚Äď podr√≠a decirse que cuenta con una salud envidiable. Lo √ļnico que me preocupa, dadas las circunstancias, es su estado de √°nimo. No s√© si han hablado con √©l hoy, pero‚Ķ por lo que parece, su padre est√° convencido de que ma√Īana morir√°.

‚Äď¬ŅC√≥mo dice? ¬ŅMorir ma√Īana? ¬ŅNo nos acaba de decir que cuenta con una salud de hierro? No entiendo nada. Qu√© est√° diciendo, ¬Ņ¬°Jon√°s!?

‚ÄďTranquil√≠zate, Luc√≠a. Deja que termine de explicarse.

‚ÄďS√≠, lo siento. Puede que me haya expresado mal. Lo que quer√≠a decir es que, seg√ļn su padre, ma√Īana vence la fecha que el mismo ha querido establecer como la de su muerte. Lleva semanas diciendo que quiere morirse el veinticinco de marzo. Desde que lo ingresamos, tras el accidente, no hace m√°s que repetirlo. No s√© si para ustedes esa fecha significa algo, pero creo que deber√≠an hablar con √©l e intentar averiguar de qu√© se trata y si es consciente de lo que dice. De no ser as√≠, de insistir con el delirio, les aconsejar√≠a que lo trasladaran a una estructura psiqui√°trica especializada. Su padre se encuentra en un momento delicado a nivel psicol√≥gico, es muy importante que recupere una actitud positiva, que no desconecte de la realidad y no se abandone a si mismo; no ser√≠a la primera vez que un accidente sin importancia como el sufrido por el se√Īor Llopis acarreara consecuencias muy negativas.

‚Äď¬ŅDe qu√© tipo, doctor? ‚Äď Pues, desde un estado depresivo hasta, en el peor de los casos, la incumbencia de cuadros psic√≥ticos graves o el desarrollo de un estado precoz de demencia senil. No s√© hasta qu√© punto reconoce ya a las personas o si es capaz de discernir la realidad temporal en la que se encuentra. Por ponerle un ejemplo, confunde a Juan Carlos, su enfermero, conmigo y, en ocasiones, incluso se dirige a √©l como a su hijo. Lo llama Jon√°s y lo trata como si fuera un ni√Īo. S√© que es duro de aceptar pero si necesitan apoyo o informaci√≥n sobre los mejores centros de la ciudad a los que acudir, no duden en ponerse en contacto conmigo. Aqu√≠ en esta cl√≠nica ya no podemos hacer nada m√°s por √©l. Ma√Īana le dar√© el alta. √Ānimo y h√°ganme saber si puedo serles de ayuda. Luc√≠a no puede contener las l√°grimas y se aleja del grupo, dejando que sea su hermano quien se despida del m√©dico. ‚ÄďMuchas gracias doctor Hern√°ndez, as√≠ lo haremos. D√≠gale a Juan Carlos que agradecemos mucho la paciencia que ha demostrado con nuestro padre en estas semanas y, disculpe a mi hermana, s√© que le hubiera gustado darle las gracias en persona. ‚ÄďNo se preocupe, hombre, entiendo las circunstancias. Les deseo lo mejor a ustedes y a su padre.  

El m√©dico le estrecha la mano y sigue su marcha diaria por la planta. Luc√≠a espera a su hermano sentada en la cafeter√≠a del hospital. Al ver llegar a Jon√°s, se levanta y lo abraza. ‚Äď¬ŅQu√© vamos a hacer ahora?, ¬Ņcrees que deber√≠amos llevarlo a una residencia para enfermos mentales?, me da mucha pena solo de pensarlo. ¬ŅNo estar√≠a mejor en casa, con nosotros? ‚ÄďLas l√°grimas vuelven a dejarla sin palabras. Jon√°s aprovecha para tomar las riendas del discurso. ‚ÄďCreo que tiene raz√≥n el doctor, Luc√≠a, es por su bien. No quiero que sufra m√°s de lo que ya lo ha hecho.

He salido a la calle y he notado que las fuerzas me fallaban. No he querido darle importancia, al fin y al cabo, ya no va a pasar de hoy. Me he tomado mi caf√© con madalenas en el bar de la Juani, como cada d√≠a. Mi m√©dico se enfadar√≠a si lo descubriese, pero a m√≠ sus advertencias ya no me asustan. Han perdido todo su poder, as√≠ que devoro cada una de esas madalenas como si se tratara de mi √ļltimo fest√≠n, ya que as√≠ es como he decidido que sea.

He superado ya un bisiesto desde que Antonia me dej√≥. Acababa de entrar la primavera, el aire era nuevo y ya se ol√≠a a flores. Los √°rboles de la calle empezaban a ense√Īar sus primeros brotes verdes entre tanta rama oscura. Aquel funesto d√≠a hab√≠amos decidido salir a pasear por la d√°rsena para aprovechar el sol y secarnos un poco los huesos. Mi mujer padec√≠a osteoporosis, una enfermedad bastante com√ļn en menopausia, por lo que unos pocos rayos de sol eran de vital importancia para ella. Estaba contenta. La llegada de la primavera, preludio de la estaci√≥n m√°s seca, significaba una mejor√≠a f√≠sica y una pausa del dolor. Le agarr√© del brazo y juntos nos dirigimos hasta el sem√°foro que separa el paseo del r√≠o de la esquina de la Juani. El bar estaba lleno y las mesas de la terraza ya casi no cab√≠an en la calle.

 ‚ÄďLuego nos tomamos algo con la Juani, ¬Ņte parece Ernesto? Hace mucho que no hablo con ella y hoy hace un d√≠a tan bueno‚Ķ ‚Äďme dec√≠a mientras levantaba la cabeza hacia el sol con los ojos cerrados, tratando de atrapar con el respiro un pedazo de aquel cielo tan azul y limpio. El sem√°foro se puso verde enseguida y, confiados y pensando en el aperitivo de despu√©s, pusimos un pie detr√°s de otro fuera de la acera. Antonia ten√≠a a√ļn los ojos cerrados cuando o√≠mos a esa mujer gritar. Fue lo √ļltimo que recuerdo. Un tono agudo que me atraviesa el cerebro y un calor h√ļmedo que se me escapa de la cabeza. Nos atropell√≥ un coche all√≠ mismo. Ese ‚Äú¬°No!‚ÄĚ gritado al aire por aquella se√Īora fue nuestra √ļltima vivencia juntos. Ca√≠mos al suelo inconscientes y nos rompimos la cabeza con el golpe. Yo acab√© en el hospital, pero Antonia jam√°s volvi√≥ a abrir los ojos. Me dej√≥ aquella imagen so√Īadora como su √ļltimo reflejo. Perd√≠ al amor de mi vida, un veinticinco de marzo de hace ya m√°s de cuatro a√Īos.

Fue un accidente brutal, un atropello en toda regla. No hubo excusas que pudieran absolver a ese criminal sobre ruedas, ninguna. De haberse sabido quien fue, estoy seguro de que la ley hubiera ca√≠do con fuerza sobre √©l o sobre ella. Pero nadie vio nada m√°s all√° del color y marca del veh√≠culo. La se√Īora del grito fue la √ļnica persona que vio venir la tragedia. Los dem√°s se dieron cuenta de lo que hab√≠a sucedido tras el estruendo producido por el choque. ‚ÄúNi siquiera fren√≥, se salt√≥ el sem√°foro sin m√°s.‚ÄĚ ‚Äďhab√≠a declarado a la polic√≠a. ‚ÄúIba muy r√°pido y en seguida me di cuenta de que no le iba a dar tiempo a detenerse si el sem√°foro se hubiera puesto en rojo. Conduzco desde hace m√°s de veinte a√Īos y hay veces que una ya sabe cu√°ndo alguien se va a saltar una se√Īal. Lo ve venir de lejos. Con la experiencia, te acostumbras a tener que predecir ciertas temeridades de la gente. Hay veces que sabes perfectamente que ese de ah√≠ o aquella de all√° no va a frenar y te va a dar problemas. Aquel d√≠a present√≠ que ese coche rojo no iba a parar, por eso estaba mirando, tem√≠a que algo les pasar√° a Antonia y Ernesto‚ÄĚ

Quiero que pase hoy, tiene que ser hoy. Quiero irme con ella y el sol de hoy es el mismo que el de entonces. Est√° en la misma posici√≥n y el r√≠o me sigue esperando al otro lado con el mismo √≠mpeto de anta√Īo. Llevo un lustro entero observando sus aguas desde este lado. Ya va siendo hora de cruzarlo.  ‚ÄďQuerida m√≠a: la vida sin ti, despu√©s de ti, no puedo.

‚Äď¬ŅPap√°? No cierres los ojos, esc√ļchame. ‚ÄďSoy yo, Luc√≠a, tu hija. ¬ŅSabes d√≥nde est√°s? Has tenido un accidente, te has ca√≠do en mitad de la carretera. Estabas cruzando el sem√°foro de la Juani y de repente te has ca√≠do desmayado. ¬ŅTe acuerdas?

 ‚Äď¬ŅQu√© d√≠a es hoy?

‚ÄאּQu√© m√°s da eso ahora pap√°!, ¬Ņc√≥mo te encuentras? El doctor Hern√°ndez dice que te ha tenido que poner puntos en la cabeza pero que la resonancia est√° bien. ¬ŅTe duele la cabeza?

‚ÄאּAntonia! ¬ŅEres t√ļ? Ya estoy aqu√≠. Contigo. Mi√©rcoles, es mi√©rcoles‚Ķ

‚ÄאּPero pap√°! ¬ŅNo me oyes? Soy Luc√≠a. Mam√° no est√° aqu√≠‚ĶVas a estar unas semanas ingresado, hasta que te cures tambi√©n del tobillo. Te has hecho un esguince, ¬Ņme oyes? ‚Ķ

 ‚ÄďD√©jalo descansar Luc√≠a, creo que no sabe muy bien d√≥nde se encuentra todav√≠a.

‚ÄďEstoy muy preocupada por √©l, Jon√°s. ¬ŅQu√© le habr√° pasado?

‚ÄďYa nos dir√° m√°s el doctor en cuanto se recupere un poco. Ahora hay que dejarlo descansar. Mira, ya est√° aqu√≠ el enfermero, venga, v√°monos fuera‚Ķ

Han hecho ustedes bien tray√©ndolo aqu√≠. Si hablan con el doctor Hern√°ndez otra vez, por favor, agrad√©zcanle que nos haya recomendado. Estamos muy orgullosos de nuestro centro y es un alivio saber que profesionales de su calibre nos aconsejan a sus pacientes. He echado un vistazo al caso cl√≠nico de su padre y estoy convencido de que la causa de su desvanecimiento no ha sido f√≠sica sino psicol√≥gica. Me explico, su padre no se ha ca√≠do en mitad de la carretera a causa de una bajada de tensi√≥n o nada por el estilo, su estado de salud es muy bueno para la edad que tiene. He conseguido hablar con √©l y, por lo que he podido averiguar, el veinticinco de marzo de hace cuatro a√Īos muri√≥ su esposa en esa misma calle. ¬ŅEs eso cierto? ‚ÄďS√≠, doctor. As√≠ fue. Perdimos a nuestra madre hace ya m√°s de cuatro a√Īos. Le atropellaron a √©l y a mi padre cerca de la d√°rsena, el conductor se dio a la fuga. Mi madre muri√≥ en el acto, pero mi padre se despert√≥ m√°s tarde en el hospital con heridas leves. Desde aquel d√≠a ya no ha sido el mismo hombre, pero nunca pens√© que pudiera llegar a tanto. Si le he entendido bien, lo que est√° tratando de decirnos, es que nuestro padre ha intentado suicidarse ¬ŅNo?

 ‚ÄďNo exactamente. Lo que quer√≠a comentarles es que es muy probable que su padre sufra de lo que se conoce en psicoan√°lisis como s√≠ndrome de aniversario. Se trata de un deseo inconsciente mediante el cual el sujeto que lo padece intenta honrar la memoria del difunto eligiendo la misma fecha en la que √©ste falleci√≥ como fecha de su propia muerte. En otras palabras, su padre sent√≠a dentro de s√≠ un deseo irrefrenable de dejarse morir el mismo d√≠a y de la misma forma en los que muri√≥ su madre. El desmayo fue psicosom√°tico y, a causa de la ca√≠da, acab√≥ golpe√°ndose la cabeza y torci√©ndose un tobillo. De ah√≠ que, nada m√°s despertarse y durante todas estas semanas, no haya hecho m√°s que preguntar por el d√≠a que era. El rendir homenaje a la desaparici√≥n de su madre era lo √ļnico que le importaba.

‚ÄďNo sab√≠a que estas cosas pudieran pasarle a la gente normal, perd√≥n, quiero decir, a las personas que non han tenido nunca problemas mentales. Porque llegar a desear tu muerte‚Ķ ¬ŅEs un tipo de depresi√≥n o s√≠ndrome post traum√°tico? Nunca hab√≠a o√≠do hablar de esto antes.

 ‚ÄďVer√°, a√ļn no se sabe mucho de este s√≠ndrome, me temo. Pero el caso de su padre es, como dir√≠a yo‚Ķ de manual. ‚Äď¬ŅY tiene soluci√≥n? ‚Äďinterrumpi√≥, Luc√≠a.

‚ÄďNo sabr√≠a qu√© decirles. Supongo que a la base de la patolog√≠a se encuentre un mecanismo de sentimiento de culpa, de remordimiento de conciencia. El sujeto suele culparse por cuanto acaecido en esa fecha. Insomnio, apat√≠a y problemas de ansiedad suelen ser s√≠ntomas complementarios. ¬ŅSaben si su padre ha sufrido recientemente de alguno de ellos?

Otra noche m√°s sin pegar ojo. Hasta cu√°ndo voy a poder aguantarlo. Cierro los ojos y vivo una y otra vez ese grito. Es incre√≠ble la intensidad con la que nuestro cuerpo es capaz de grabar ciertos momentos en nuestra memoria. Aflora solo por la noche; es una tortura. Mi conciencia se divierte devolvi√©ndome a aquel d√≠a sin perd√≥n. Soy un espectador silencioso y culpable al mismo tiempo. Si hubiera mirado a la carretera antes de poner el pie en el asfalto, si no hubiera preferido su sonrisa a la vigilia, si hubiera sido m√°s hombre y menos ni√Īo aquel d√≠a‚Ķ No merec√≠a morir, ella no. ¬ŅPor qu√© no pude pararla? ¬ŅPor qu√© pas√© sin pensarlo? ¬ŅPor qu√© me despert√© al d√≠a siguiente? No duermo, no sue√Īo, no amanezco desde entonces. Solo veo una y otra vez aquel instante como si estuviera en el infierno y el diablo me hubiese concedido ese castigo. Ayer, por fin, me habl√≥ y me dijo: ‚Äúera mi√©rcoles veinticinco de marzo y este a√Īo bisiesto as√≠ lo trae, Ernesto‚ÄĚ

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La vida sin lucha

enero 17, 2020 Relatos Cortos Comments (0) 106

A Laura, la vida sin lucha, le resultó vacía.

Cuando abri√≥ la mano y dej√≥ caer el cuchillo al suelo, a√ļn pod√≠a sentir c√≥mo sus latidos le atravesaban las mu√Īecas envueltos en un guante de sangre denso y oscuro.

La tensión inicial estaba dejando paso a la conciencia. Los hechos estaban dibujándose en su memoria. Había ocurrido. Tal y como siempre había temido, lo había matado. El cuerpo de su marido ahora le parecía ridículo, un trozo de carne abandonado. Le sorprendió no sentir nada por él. Estaba segura de que el hecho de que hubiese sido culpable o no, no habría cambiado las cosas. Se habría librado de él de todas formas. La voz en su interior callaba satisfecha.

La primera vez que hab√≠a pensado en matarlo fue un mi√©rcoles por la ma√Īana. Lo recuerda porque ese d√≠a de la semana era el √ļnico que sal√≠a de casa temprano para ir a hacer la compra al mercado. Lavaba la lechuga cuando se le apareci√≥ la escena: tocan a la puerta, ella sabe que es √©l. Abre con el cuchillo de cocina en la mano y‚Ķ ¬°zas!, le raja la garganta sin decir una palabra. Ambas sabemos que alg√ļn d√≠a pasar√°.

Eran fantasías muy reales para ella, aunque nunca se había atrevido a contarlas a nadie, ni siquiera al psicólogo. Sabía muy bien cuál hubiese sido su veredicto. Pero ella no estaba loca. Simplemente odiaba a su marido. También se imaginaba enroscando un silenciador a una pistola segundos antes de volarle los sesos con ella.

Hac√≠a ya cinco a√Īos que viv√≠a en aquel pueblo. Desde que lleg√≥, nadie habr√≠a dicho que las cosas no le hubieran ido bien. La casa nueva, la boda, ahora el embarazo. A ojos de un extra√Īo, su vida era perfecta, digna de un panfleto publicitario de los a√Īos cincuenta. Su marido la trataba como a una princesa, no le faltaba nada. Todo era maravilloso. Un hombre como los de antes, responsable y cari√Īoso que sue√Īa con tener el mayor n√ļmero de hijos posible. Ese era N√©stor.

Nadie entendía sus razones. No había motivos para quejarse, ese hombre se desvivía por ella.

– ¬ŅC√≥mo puede ser tan desagradecida? Ese chico se lo ha dado todo, no se merece que lo traten as√≠. Dice que est√° deprimida‚Ķ qu√© f√°cil es esconderse detr√°s de esa palabra. Est√° muy de moda ahora eso de la depresi√≥n‚Ķpara m√≠ es solo una ni√Īata caprichosa. ‚Äď cuchicheaban las vecinas. Sol√≠a o√≠rlas mientras doblaba la ropa en la lavander√≠a. No se imaginaban que ella estuviera escuchando, y ella jam√°s revel√≥ su escondite. Criticaban a todo el mundo, pero cuando se trataba de Laura, todas estaban de acuerdo y a favor de su marido. Qu√© f√°cil era para N√©stor obtener la unanimidad femenina.  -Ya quisiera yo que mi marido me comprara unos pendientes as√≠‚Ķ ¬°vamos ni en cien a√Īos!

Cuando N√©stor le compr√≥ esos pendientes, Laura ya ten√≠a el anillo y la pulsera a juego. Se los hab√≠a ido comprando los a√Īos anteriores. ‚Äď Son muy bonitos, gracias. ‚Äď No supo decirle nada m√°s.

Sus suegros la trataban como a una hija. Desde que se hab√≠an enterado de su embarazo, la llamaban todos los d√≠as. Ser una hija postiza, como le gustaba definirse a ella misma, no le hab√≠a tra√≠do ning√ļn beneficio. Eres parte de la familia, cierto, pero de la familia de ver. Es decir, de puertas para fuera. No le cab√≠a duda de que todo ese amor y esa premura desproporcionada no eran m√°s que corolarios necesarios de un objetivo superior: obtener descendencia. ‚ÄúEs una pena que no existan los √ļteros artificiales, a esta gente les vendr√≠a muy bien y a m√≠ me dejar√≠an vivir en paz‚ÄĚ, pensaba. No eres m√°s que un da√Īo colateral para ellos, querida. ‚Äď a√Īad√≠a la voz.  Ya casi ten√≠a que convivir con ella en cada momento, la atormentaba y no la dejaba pensar con claridad.

Por las noches, los a√Īos transcurridos en la universidad la persegu√≠an. Desde hac√≠a alg√ļn tiempo no descansaba bien. Volv√≠a a verse a si misma sentada en primera fila mientras tomaba apuntes cerca de la mesa del profesor. Al terminar la clase, todos se marchaban menos ella. No pod√≠a moverse, aunque su aspecto era el de entonces ‚Äďpeque√Īa y de constituci√≥n delgada‚Äď se sent√≠a pesada, paquid√©rmica.

Intentaba pedir ayuda para poder levantarse, pero tampoco ten√≠a voz. Ve√≠a a sus compa√Īeros salir del aula, volver a entrar al d√≠a siguiente, de nuevo irse y as√≠ como si se tratara de una secuencia de fotogramas, pasaba de escena en escena hasta verse envejecida siempre en el mismo sitio.

Inmóvil, observaba cómo los demás realizaban seguían con sus vidas mientras ella seguía paralizada en el mismo punto. La eterna espectadora.

Cuando por fin lograba despertarse, el coraz√≥n le lat√≠a fuerte y le faltaba el aliento. Las palpitaciones tardaban unos minutos en recuperar su ritmo normal. El paso del tiempo la aterrorizaba. Ten√≠a miedo a envejecer sin haber antes realizado sus proyectos. No desperdiciar su vida, hacer algo de lo que sentirse orgullosa, era para ella una obsesi√≥n. Dedicarse a los dem√°s es de d√©biles, ¬Ņqui√©n eres t√ļ Laura? ¬ŅCu√°l es tu sitio en este mundo? – ¬°Otra vez no!  ¬°Basta! – gritaba

Las pesadillas le dejaban un fuerte dolor de cabeza. Eran d√≠as terribles. Prefer√≠a quedarse en casa y distraerse con la televisi√≥n. Nada de salir de compras o estar en la cocina. Las tareas dom√©sticas no le ayudaban, es m√°s, le recordaban que, hasta entonces, lo √ļnico que hab√≠a conseguido era convertirse en la segunda madre de un ni√Īo rico. Ir al supermercado, pensar en qu√© hacer de comer, esperar que llegue del trabajo, preguntarle c√≥mo le ha ido el d√≠a y tener la casa limpia. Esa era su realidad. Hab√≠a d√≠as que no lo soportaba, necesitaba una pausa para no volverse loca.

Cuando Néstor entraba en casa y la encontraba tirada en el sofá viendo la tele se enfadaba. No le gustaba ver a su mujer (a su ideal de mujer) sin nada más que hacer que ver series todo el día.

– ¬ŅTe parece normal que llegue cansado de trabajar y tenga que ponerme yo a prepararme de cenar mientras t√ļ est√°s ah√≠ sin hacer nada?, imagino que la excusa de hoy ser√° la de todos los d√≠as, ¬Ņno? ‚ÄúEstoy deprimida‚ÄĚ, ‚ÄúMe siento frustrada‚ÄĚ ‚Ķ – mascullaba mientras le daba la espalda para abrir la nevera.

Laura ya no ten√≠a palabras nuevas que echarle encima a N√©stor. Le hab√≠a explicado mil veces c√≥mo se sent√≠a en esos d√≠as y lo dif√≠cil que era para ella salir adelante. Nunca le dio la importancia que merec√≠a, para un hombre como su marido, ser ama de casa es el completamiento de la existencia femenina. De verdad no entend√≠a por qu√© Laura se quejaba. Estaba tan cansada que prefer√≠a esperar a que se le pasase en silencio. De hecho, cuando hubo combatido con fuerza y rabia la situaci√≥n solo hab√≠a empeorado. Por m√°s que tratara de explicarle que ella era algo m√°s que una criada y que necesitaba dejar espacio tambi√©n a sus inquietudes como individuo y como mujer, √©l siempre volv√≠a a su terreno con la misma pregunta: ¬ŅTe ha faltado algo alguna vez desde que est√°s conmigo? ¬ŅTe he tratado mal en alguna ocasi√≥n? Venga, ponme un ejemplo concreto de ese machismo del que me acusas. -No se trata de eso, N√©stor. Aqu√≠ no soy feliz. No puedo progresar si tengo que ocuparme todo el d√≠a de las tareas y de que todo est√© listo e impecable siempre a la misma hora. La comida a las doce y media y la cena a las ocho. ¬ŅQu√© pasar√≠a si trabajara? ‚Äď Es que no necesitas trabajar -conclu√≠a √©l. Y vuelta a empezar. ‚Äď Ese feminismo tuyo irracional me est√° cansando, ¬Ņsabes?, no voy a soportarlo siempre. Trabajo para ti, para que est√©s aqu√≠ en casa tranquila y no tengas que salir ah√≠ afuera a ganarte la vida, ¬°y encima te quejas!

 Su primer a√Īo de carrera le tra√≠a buenos recuerdos. Sus √ļnicas preocupaciones eran los ex√°menes y sacar dinero para pagar el alquiler. Ten√≠a un trabajo de media jornada en una librer√≠a con el que consegu√≠a sacarse lo justo. La mayor parte del tiempo lo pasaba all√≠ o en la biblioteca donde estudiaba. No pod√≠a darse muchos lujos, pero se sent√≠a viva. Saber que puedes contar contigo misma para salir adelante es muy gratificante. Depender de los dem√°s, produce ansiedad. Son cosas que ahora sabe pero que entonces nadie supo explicarle. N√©stor apareci√≥ en un momento de su vida en el que se sent√≠a perdida y con grandes dificultades econ√≥micas. Su padre se hab√≠a marchado de casa y, su madre y su hermana, dejaron de contar con un sueldo en casa. Se hab√≠an quedado sin nada y sin nadie que pudiera ayudarlas. Dej√≥ la universidad unos meses despu√©s de haber comenzado el segundo curso. Duplic√≥ el turno en la librer√≠a para poder ayudar a su madre mientras √©sta buscaba trabajo. Era una mujer de cincuenta a√Īos sin trabajar desde los treinta y cinco, no iba a ser f√°cil reincorporarse al mundo laboral.

A pesar de los problemas, Laura se levantaba con fuerzas cada ma√Īana para ir a trabajar. Un d√≠a m√°s, una nueva oportunidad. Confiaba en que todo acabar√≠a como hab√≠a comenzado, de repente. Y en parte fue as√≠. N√©stor lleg√≥ a sus vidas como un aut√©ntico salvador. Laura y su familia lo recibieron como si de una profec√≠a maya se hubiera tratado. El conquistador no tuvo que luchar mucho para hacerse con el poder. Enseguida se hizo cargo de la precaria situaci√≥n de toda la familia. Le ofreci√≥ un empleo a su madre dentro de la empresa de sus padres. Un puesto de administrativo para empezar y luego ‚Äúya veremos‚ÄĚ. Laura crey√≥ enamorarse perdidamente de √©l. Se conocieron en una conferencia sobre La necesidad de la guerra como experiencia de paz interna, c√≥mo no iba a recordar un t√≠tulo as√≠. La tesis doctoral de N√©stor hab√≠a sido publicada y su editor le hab√≠a pedido que diera un discurso de apertura durante la presentaci√≥n del volumen, justo en la librer√≠a en la que trabajaba Laura.

Cuando la voz analizaba con frialdad aquellos momentos en su memoria, Laura se sent√≠a muy desdichada. Se hab√≠a entregado al que ser√≠a su marido sin pensarlo dos veces.  No lo conoc√≠a casi cuando decidi√≥ irse a vivir con √©l. Ese sentimiento de agradecimiento que entonces sent√≠a no era amor, sino necesidad. √Čl sab√≠a lo que estaba haciendo. Sab√≠a que eras una presa f√°cil, solo ten√≠a que comprarte aprovech√°ndose de la situaci√≥n. Y t√ļ ca√≠ste en la trampa en un abrir y cerrar de ojos. -d√©jame en paz, ¬°vete! Ya lo s√©‚Ķ pero por favor, ¬°d√©jame ya!

N√©stor y su familia consiguieron insinuarse en su vida como un glaciar que inexorable se abre paso entre las rocas. El rescate de su madre, la temprana convivencia y el traslado al pueblo, lejos de sus amistades y de su pasado, hasta que lleg√≥ el momento de la boda. Cada detalle, cada decisi√≥n, fue tomada por otros o dictada por las circunstancias. – N√©stor, ¬Ņle has puesto ya a Laura la canci√≥n que te envi√©? Vamos a poner esa durante la misa. ‚Äď le dec√≠a su suegra mientras apuntaba todo en su libreta.

La boda del hijo de los Sierra fue todo un √©xito. Los invitados quedaron muy satisfechos con el espect√°culo ofrecido. Laura no era muy consciente de lo que acababa de ocurrir, ni de lo que pod√≠a significar para ella. Hab√≠a estado dej√°ndose llevar por el traj√≠n de eventos. Sin darse cuenta, hab√≠a pasado los tres primeros a√Īos de su matrimonio entre decoraciones y viajes de compromiso.

Haber terminado la carrera no le hab√≠a servido de mucho. Enviaba curr√≠culos todos los d√≠as, pero nadie la llamaba. Ten√≠a treinta a√Īos y la rechazaban en todas partes. Era una mujer joven pero no tanto como para que la contrataran de aprendiz y, adem√°s, estaba casada. Ser mujer joven y reci√©n casada significa solo una cosa para las empresas: baja de maternidad. Desesperada y con la moral por los pies, busc√≥ ayuda entre amigos y conocidos, lleg√≥ incluso a pedirle ayuda a su suegro, un hombre con las manos metidas en mil negocios, pero no hubo manera. No por falta de ocasi√≥n, sino porque √©l no quer√≠a que ella trabajara. Nunca la habr√≠a ayudado con eso. No era algo que encajara bien con sus planes. Quer√≠a tener nietos lo antes posible y, una nuera emancipada, constitu√≠a un obst√°culo.

Laura acab√≥ cayendo en una depresi√≥n que nadie entend√≠a. Pasaba las tardes planchando delante de la tele viendo cap√≠tulo tras cap√≠tulo del Dr. House (su serie preferida). Cuando √©l volv√≠a a casa, la comida siempre estaba preparada, pero a Laura no le importaba nada de lo que pudiera decirle. Durante las ocho horas en las que estaba sola, sola con sus pensamientos, hab√≠a tenido tiempo de sobra para imaginarse la mon√≥tona jornada laboral de su marido. Habr√≠a llegado al trabajo a eso de las nueve y media, tras levantarse a las nueve ya que viv√≠a justo en frente de la oficina de los Sierra.  Nada m√°s entrar, su madre le habr√≠a ofrecido un caf√© y un trozo de tarta que ella misma habr√≠a cocinado la tarde anterior. Unos minutos de conversaci√≥n, un viaje al ba√Īo y sobre las diez se habr√≠a dirigido a su despacho. All√≠ habr√≠a le√≠do el correo, echado cuentas y discutido con su padre unas tres o cuatro veces hasta que su madre, de nuevo, hubiera interrumpido el di√°logo para ofrecerles la comida. Un poco de siesta despu√©s y‚Ķ de vuelta al (pseudo)trabajo.  Unas horas navegando en internet, un par de llamadas a proveedores y ya est√°. Para casa otra vez. De vuelta al hogar, una joven mujer le habr√≠a estado esperando con su plato caliente y una sonrisa.

Los peores d√≠as eran cuando N√©stor volv√≠a a casa con ganas de sexo. Se comportaba como si estuviera recogiendo una especie de premio o condecoraci√≥n. Lo m√°s curioso es que no se daba cuenta de lo mal que lo hac√≠a. No solo no sab√≠a excitarla, sino que se impacientaba cuando ella no consegu√≠a alcanzar el cl√≠max. Laura se ve√≠a obligada a fingir solo para que la dejara en paz. Ten√≠a que hacerle ver que estaba disfrutando para que √©l consiguiera a su vez, alimentar esa fantas√≠a viril de hombre realizado y pudiera llegar hasta al final. Muchas veces ni siquiera consegu√≠a una erecci√≥n por s√≠ mismo. Laura sab√≠a que cuanto peor le fuera a √©l con su erecci√≥n, peor le ir√≠a tambi√©n a ella ya que tendr√≠a que trabajar m√°s para conseguirla. Si la estimulaci√≥n no bastaba una vez, le obligaba a repetirla. Y si ni con esas, entonces la dejaba sola en la cama y se iba al ba√Īo, ech√°ndole la culpa a ella de lo ocurrido. ‚Äď Pones tan poco de tu parte que no me extra√Īa que no se me levante. ‚Äď sol√≠an ser sus palabras. √Čl nunca era responsable de nada. Con los a√Īos, Laura hab√≠a aprendido a enga√Īarlo. La sesi√≥n duraba poco m√°s de media hora si las condiciones eran buenas, algo m√°s cuando llegaba bebido. Laura acab√≥ perdiendo el inter√©s por el sexo, y por todo.

Su suegro era un hombre mayor muy acostumbrado a salirse siempre con la suya. Ten√≠a un car√°cter fuerte y sab√≠a sacar de las personas todo lo que a √©l le hiciera falta. Hoy lo definir√≠amos como un eg√≥tico, alguien que se acerca a los dem√°s solo para coger de ellos lo que necesita. El dinero, y la fortuna, que hab√≠a conseguido acumular durante las d√©cadas de los 80 y de los 90, hab√≠an contribuido a alimentar a√ļn m√°s ese ego desproporcionado. Las madres trabajadoras, para √©l, no eran m√°s que unas cobardes, mujeres que, por miedo, hab√≠an renegado el lugar que Dios les hab√≠a reservado en el mundo. Ocuparse de la prole era la m√°xima realizaci√≥n natural del g√©nero femenino. Pedirle ayuda para encontrar un empleo hab√≠a sido lo m√°s est√ļpido que hab√≠a hecho en su vida.

El se√Īor Sierra ten√≠a dinero para poder mantener sin trabajar a varias generaciones. Lo √ļnico que le importaba ahora era ejercer todos sus derechos de patriarca, pero para ello necesitaba descendencia.

La presi√≥n que ejerc√≠a sobre Laura se hab√≠a vuelto insostenible. Lleg√≥ a ofrecerle cincuenta mil euros por cada hijo que tuviera. Hizo la propuesta durante una cena delante de N√©stor y su madre que desdramatizaron a√Īadiendo la postilla: ‚ÄúTe conviene que sean trillizos, mujer‚ÄĚ entre carcajadas, pero Laura sab√≠a que no bromeaba.

No es que no quisiera ser madre, lo que no quer√≠a era tener hijos con N√©stor ‚Äď y, por ende, con su familia. No ten√≠a trabajo, no sab√≠a en qu√© ocupar el tiempo y la voz interior que tanto miedo le produc√≠a estaba ganando terreno. Le asustaba no ser una buena madre, poner a su hijo en peligro, que la voz le hiciera da√Īo.

De vuelta a casa, Laura estuvo callada todo el tiempo. N√©stor segu√≠a hablando del tema, sin tener en consideraci√≥n la opini√≥n de su esposa que a√ļn no se hab√≠a pronunciado.

Un par de semanas despu√©s el abuelo volvi√≥ al ataque: – He visto un chal√© aqu√≠ al lado que ser√≠a perfecto para vosotros. Solo os falta el beb√©. Si me dais esa alegr√≠a, os la compro enseguida, me da igual lo que cueste -exclam√≥.  Y otra vez volvi√≥ a esconder su chantaje entre muecas y sonrisas, solo que, en esta ocasi√≥n, Laura no pudo contenerse. ‚Äď No voy a tener un hijo ni ahora ni nunca solo porque a ti te apetezca. Puedes ofrecerme todo el dinero que quieras, no lo aceptar√© jam√°s. Si de verdad quer√©is que tengamos ni√Īos, antes que como madre, tendr√© que realizarme como mujer. Soy algo m√°s que un √ļtero. ‚Äď concluy√≥ con tono serio y preocupado. Contaba con una respuesta de igual medida por parte de N√©stor o de su suegro, pero no fue as√≠. Ambos agacharon la cabeza como lo habr√≠a hecho un cazador que descubre que tendr√° que sacrificar a su perro. Cambiaron de tema y dejaron a Laura suspendida en la nada. El silencio inc√≥modo que se hab√≠a creado poco antes dej√≥ paso termin√≥ cuando su suegra entr√≥ en la sala y todos se sentaron a comer alrededor de la mesa.

‚Äď No vuelvas a decir algo as√≠ en la vida, ¬Ņme entiendes? Si quieres que tu madre siga teniendo un trabajo, no vuelvas a dirigirte con ese tono a mi padre ‚Äď le exhort√≥. ‚Äď Y, ves quit√°ndote todos esos p√°jaros de la cabeza. ‚Äď ¬ŅCu√°les p√°jaros, N√©stor? ‚Äď respondi√≥ ella.¬† ‚Äď Esa tonter√≠a de que no piensas

tener hijos hasta que no te realices como mujer.¬† ‚Äď No es ninguna tonter√≠a. Es lo que pienso. ‚Äď le contest√≥ con un tono esta vez m√°s suave. ¬†‚Äď Creo que no me has entendido bien, Laurita. Si no me das un hijo pronto, no voy a seguir esperando. Te pedir√© el divorcio y tendr√°s que volver a ocuparte de tu familia. Laura no pod√≠a creer lo que estaba oyendo. N√©stor El Salvador la estaba ahora amenazando con destruirla si no consent√≠a darle un heredero. ¬†‚Äď No puedes hacerme esto. Sabes muy bien que estoy enferma. Estoy deprimida y no puedo ser una buena madre as√≠, no me pidas eso‚Ķ Sabes muy bien lo importante que es para m√≠ poder dar a mi hijo lo que yo nuca tuve, un ambiente familiar sano y sin problemas. Necesito tiempo para poder curarme ‚Äď le suplic√≥ entre l√°grimas. ‚Äď Ya estoy harto de ti y de tus lloriqueos. ‚Äď concluy√≥ √©l. ¬†Laura se dio cuenta de que ya no pod√≠a amarlo. No pod√≠a seguir al lado de una persona que no la ve√≠a como mujer. Esa noche fue la m√°s larga de su vida. No quer√≠a volver a ver sufrir a su familia, pero tampoco pod√≠a seguir atrapada en la jaula que N√©stor le estaba construyendo. Ten√≠a que tomar una decisi√≥n, encontrar una soluci√≥n que no pasara por el abandono. Tras mucho pensar, lleg√≥ a la conclusi√≥n de que no dejar√≠a a N√©stor hasta que no encontrara un trabajo con el que garantizarse cierta libertad econ√≥mica. Solo ten√≠a que hacerle creer que hab√≠a aceptado el chantaje.

Con las √ļltimas fuerzas que le quedaban y cargada de un optimismo enfermizo, se levant√≥ y se fue a la universidad. Quer√≠a pasar por la vieja librer√≠a donde hab√≠a estado trabajando de estudiante e intentar recuperar su antiguo puesto. El gerente, sobrino del viejo titular del negocio, no la conoc√≠a, pero decidi√≥ darle una oportunidad como personal de apoyo durante el periodo de matr√≠culas. No era mucho, pero por lo menos ten√≠a una excusa para salir de casa y un medio con el que poder aspirar a la independencia econ√≥mica. Cuando volvi√≥ a casa, quiso contarle todo a N√©stor. Estaba muy ilusionada y ten√≠a ganas de decirle a su marido que todo estaba yendo por el camino adecuado y que. poco a poco, conseguir√≠an salir del bache. Su ilusi√≥n choc√≥ con la apat√≠a de N√©stor que desde hac√≠a algunos meses casi ni le hablaba. Segu√≠an teniendo relaciones, pero ya no eran una pareja enamorada. El sexo era la forma en la que N√©stor le comunicaba que su plan de formar familia a√ļn segu√≠a en pie. Lo que no sab√≠a es que Laura, desde el d√≠a en el que el se√Īor Sierra le hab√≠a ofrecido los cincuenta mil euros, hab√≠a empezado a tomarse la p√≠ldora anticonceptiva.

Finalizado octubre su jefe le confirm√≥ que iban a ofrecerle un puesto fijo. Era cuesti√≥n de d√≠as. Esa noche, Laura, prepar√≥ una cena especial para su marido durante la cual, darle la buena noticia. – ¬ŅQu√© significa todo esto? ‚Äď dijo √©l nada m√°s atravesar el umbral de la puerta.

– ¬°Me han cogido, N√©stor! Voy a ser encargada de secci√≥n en la librer√≠a. Por fin voy a tener un puesto fijo. ¬ŅTe das cuenta? ¬ŅNo te alegras por m√≠? Con lo que me ha costado‚Ķ

‚Äď Ya sabes lo que pienso de este asunto ‚Äď la interrumpi√≥.  No voy a discutir otra vez.

Durante los meses siguientes se respiraba un clima de guerra fr√≠a. Lleg√≥ diciembre y la librer√≠a volvi√≥ a llenarse de gente. Laura llegaba exhausta a casa. Tardaba m√°s de una hora en recorrer el trayecto que separaba su casa del barrio universitario. Ten√≠a que coger primero el tren y luego el coche para llegar hasta la pedan√≠a en la que se encontraba el pueblo de N√©stor. Esa tarde se sent√≠a rara, no le dol√≠a nada en particular, pero no estaba bien del todo. Parec√≠a como si le fuera a bajar la regla. Le pareci√≥ extra√Īo ya que con la p√≠ldora los dolores menstruales se aten√ļan al no ovular ni cumplir con el ciclo hormonal completo. Lleg√≥ a casa a las ocho y media, se tumb√≥ en la cama un rato para descansar antes de ponerse a hacer la cena y se qued√≥ dormida. Por la ma√Īana, se despert√≥ a√ļn vestida. N√©stor hab√≠a dormido en el sof√° por no molestarse en despertarla. Se levant√≥ y se meti√≥ en la ducha. Al salir de la ba√Īera vio unas manchas rojizas fluir por el sumidero. ‚ÄúS√≠ que es extra√Īo‚ÄĚ, pens√≥. No me toca manchar esta semana. Se limpi√≥ otra vez y cuando se agach√≥ para ponerse las bragas una sensaci√≥n de n√°usea la recorri√≥ desde el est√≥mago hasta el es√≥fago. Las arcadas fueron tan fuertes que acabaron por despertar a N√©stor. ‚Äď ¬ŅQu√© te pasa?, ¬Ņestuviste bebiendo ayer con tus amigas? ‚Äď le pregunt√≥ con tono acusador. ‚Äď No, no s√© qu√© es. Pero no me encuentro bien, creo que no voy a ir a trabajar. 

¬†‚Äď Av√≠same si tengo que llevarte al hospital ‚Äď dijo mientras se marchaba dando un portazo. Laura se mir√≥ al espejo desnuda y not√≥ que su pecho estaba bastante hinchado. ‚Äď No puede ser la regla otra vez ‚Äď mascull√≥. Cogi√≥ su bolso buscando el bl√≠ster de pastillas para comprobar si, por error, hab√≠a olvidado tomarse algunas este mes y fuera ese el motivo del desarreglo hormonal.

Fue entonces cuando se dio cuenta. Hab√≠a una especie de circunferencia perfecta por el reverso de cada pastilla. Era como si alguien hubiera abierto y despu√©s sigilado de nuevo cada uno de los huecos ocupados por las p√≠ldoras. ‚ÄúNo puede ser lo que creo que es‚ÄĚ, se dijo asustada. ‚ÄúNo puede haber sido capaz‚ÄĚ, ‚ÄúDios m√≠o, dime que no es as√≠, por favor.‚ÄĚ Cogi√≥ las llaves del coche y sali√≥ corriendo de casa. Par√≥ en la primera farmacia que encontr√≥ y compr√≥ un par de tests de embarazo. Condujo despu√©s hasta el bar de la plaza del pueblo, pidi√≥ un caf√© y se fue al aseo. Hizo la primera prueba con las manos temblorosas, casi pierde el predictor en el w√°ter. El primer resultado fue positivo. El segundo tambi√©n. ¬†N√©stor lo hab√≠a planeado todo. Le hab√≠a dejado pensar que se hab√≠a salido con la suya mientras √©l tramaba a sus espaldas y la hab√≠a dejado embarazada contra su voluntad. Ahora lo ve√≠a todo muy claro: su apat√≠a, el hecho de que no le hubiera impedido ir al trabajo, el silencio de sus padres al respecto‚Ķ todo cobraba sentido. Estaba embarazada. El tiempo se par√≥ a su alrededor. Su mente ataba cabos a una velocidad prodigiosa. La voz, que hab√≠a callado hasta entonces, volvi√≥ a tomar el control. Laura desapareci√≥ en ese preciso instante. Sali√≥ del bar y con la mirada abstra√≠da subi√≥ al coche y volvi√≥ a casa. Una vez all√≠, se quit√≥ el abrigo, se puso el delantal, prepar√≥ la cena y se sent√≥ en el sof√° a esperar a su marido. El cuchillo detr√°s de su espalda a√ļn ol√≠a a cebolla.

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El lugar del encuentro

enero 6, 2020 Relatos Cortos Comments (0) 187

Demasiado complicado para que funcione

Me duelen los pies. Estos zapatos me est√°n matando. No siento los dedos de los pies, parece que se hayan transformado en una pezu√Īa. Una especie de mu√Ī√≥n √≥seo que sigue mi andadura por inercia. Un caminar muy poco elegante, de √Īu, m√°s que de gacela. No consigo distinguir entre el dolor de un dedo y el otro. Los tacones son una tortura bien vista, dir√≠a yo. No me explico c√≥mo algunas mujeres pueden hacer esto todos los d√≠as y regresar de una pieza a sus casas, sin amputaciones. ¬ŅPor cu√°nto tiempo se puede estar sin circulaci√≥n en las extremidades? ¬ŅNo se les ponen morados los dedos como a los alpinistas?, los m√≠os empiezan a estar blancos y fr√≠os. Es la primera vez que vengo al trabajo con tacones y creo que volver√© a casa descalza. Lo he hecho porque hoy es un d√≠a especial, y, como esta ma√Īana no he tenido tiempo para arreglarme (¬°maldito despertador de los chinos!), he decido compensar la falta de maquillaje con mis Ferragamo. La verdad es que no los sacaba del armario desde que se cas√≥ mi hermana Julia, hace ya m√°s de un a√Īo. Menos mal que le dije a Ram√≥n de quedar por la ma√Īana y no por la tarde, ¬°No hubiera resistido! Ya son las doce y media, tiene que estar al caer‚Ķ habr√° que acelerar. A este ritmo debo de ser el √Īu m√°s lento de toda la sabana. No quiero causarle una mala impresi√≥n. Despu√©s de todo, es nuestra primera cita al aire libre. Resiste Marta, ¬°√°nimo!, ya falta poco. Conc√©ntrate, piensa que el dolor forma parte de ti, como cuando vas al dentista… Ac√©ptalo. Uf‚Ķ ¬°Qu√© da√Īo!

Llevo mucho tiempo esperando este momento. No se cuántas tomas he rodado de esta misma escena en mi cabeza cada noche antes de dormirme. Repaso todos los detalles: diálogos, escenario, vestuario (tanto el mío como el suyo, como si de alguna manera pudiera llegar a controlarlo). No dejo nada al azar, todo tiene que ser perfecto. Y así hubiera sido, estoy segura, de no haber sido por ese despertador y sus caprichos. He depositado todas mis esperanzas en este encuentro. Necesito que funcione.

Siempre quise formar una familia y creo que esta ocasi√≥n representa mi √ļltima oportunidad, si no por edad, que tambi√©n, por energ√≠as. Si esto sale mal, no creo que haya m√°s espacio en mi vida para el amor. As√≠ es. Me ha costado mucho llegar hasta aqu√≠ y la idea de tener que volver a empezar de cero otra vez si esto no cuaja, de momento no me seduce. La puesta en juego es muy alta. A mis cuarenta y tres a√Īos, aunque anagr√°ficamente todav√≠a sea joven, me encuentro cansada. Harta de tantos comienzos. Creo haber recorrido ya esos cinco kil√≥metros de vida que mediamente separan la orilla del horizonte. Y la verdad es que no tengo fuerzas para seguir creando caminos por los que avanzar. Ha llegado el momento de soltar el tim√≥n y dejarse llevar por la corriente.

Ram√≥n y yo nos conocimos cuando √©l llevaba ya un a√Īo y medio en prisi√≥n. Fue gracias a una de esas iniciativas sociales para la reinserci√≥n. ‚ÄúCartas desde el olvido‚ÄĚ o algo parecido, se llamaba el proyecto. Su finalidad era la de ayudar, mediante la correspondencia, a mantener vivas las espereanzas de los presidiarios (aquellos con buena conducta) que hubieran adherido al programa. Y de paso, para tenerlos entretenidos. Empec√© por compasi√≥n. Lo admito. Mis noches eran aburridas y solitarias as√≠ que pens√©: ‚Äú¬ŅY por qu√© no?, no tengo nada que perder.‚ÄĚ Eleg√≠ su historia de entre cincuenta. Ejemplos, todas ellas, de vidas truncadas por el pecado o el capricho de destino. La mayor√≠a de ellos daba la culpa a la sociedad, otros a la familia, al dinero‚Ķ Pero la verdad es que a todos les hab√≠a fallado el amor. Padres violentos, alcoh√≥licos o drogadictos, malas compa√Ī√≠as, historias t√≥xicas, ni√Īos que crecen abandonados, padres que abusan de sus hijos o los golpean hasta quitarles la inocencia a pu√Īos.  V√≠ctimas que acaban convirti√©ndose en verdugos de ellos mismos. No todos se arrepent√≠an de sus actos, hab√≠a quien los justificaba e incluso reivindicaba como justicia. Otros ped√≠an perd√≥n, as√≠ como derecho a poder dejarse atr√°s sus malas acciones. Ram√≥n era uno de ellos. Su carta no ten√≠a nada que ver con las dem√°s. No s√© c√≥mo describir el aura que emanaban sus palabras. Ataraxia, quiz√°. Me conmovi√≥ el profundo vac√≠o que desprend√≠an. Quise llenarlo enseguida. Hablaba de su primera mujer como quien describ√≠a su propio ideal de belleza. Susana, que as√≠ se llamaba, falleci√≥ poco antes del accidente a causa de un c√°ncer de mama, enfermedad que, en la carta  ‚Äď la que Ram√≥n escribi√≥, en principio, a un lector an√≥nimo ‚Äď  era tratada con la misma minuciosidad con la que anteriormente hab√≠a descrito los rasgos femeninos de su mujer. A su hija, Claudia, de apenas tres a√Īos, la perdi√≥ poco tiempo despu√©s por culpa de un borracho. No dedic√≥ muchas l√≠neas a este episodio: ‚ÄúA Claudia me la arrebat√≥ un pirata de la carretera‚ÄĚ. La falta de dolor vivo en sus palabras fue el grito de ayuda m√°s fuerte que jam√°s hube escuchado. Nunca me hab√≠a sentido tan cercana al sufrir de otra persona como en ese momento. Abr√≠ el caj√≥n del escritorio y me puse a escribir con el coraz√≥n en un pu√Īo.

 ‚Äď Hemos creado un mundo sin raz√≥n,  ‚Äď me dec√≠a ‚Äď . Un sistema tolemaico, demasiado complicado para que pueda funcionar.

Ram√≥n era un hombre de bien antes de que ese mal nacido le arruinara la vida. ¬ęHomicidio involuntario¬Ľ fue la sentencia. Cuatro a√Īos de reclusi√≥n para el imputado, condena que, seg√ļn la ley, bastaba para colmar el vac√≠o vital que dej√≥ la peque√Īa Claudia al ser atropellada por ese desgraciado. No para Ram√≥n.

Recib√≠a una carta suya cada tres d√≠as. Las m√≠as tardaban m√°s por culpa del trabajo, pero casi siempre consegu√≠a enviarle al menos una a la semana. No hizo falta mucho tiempo para que acab√°ramos hablando de m√≠ y de mis problemas. Ram√≥n analizaba todo desde la perspectiva de quien ya no le tiene miedo a nada. Poco a poco su visi√≥n se fue subsituyendo a la m√≠a, cambiando mi mundo desde dentro. Sus cartas ten√≠an en m√≠ un efecto estupefaciente. Mientras las le√≠a, hac√≠a m√≠a esa imagen heraclitea del r√≠o, donde todo fluye y solo el cambio es eterno.  ‚Äď Todo pasar√°, Marta, esto tambi√©n‚Ķ

Fuimos amantes plat√≥nicos durante tres a√Īos. Nadie conoce mi vida como la conoce √©l, ni siquiera yo misma. Dej√© de ser una persona sola para transformarme en su mitad. Ced√≠ parte de mi sustancia para que el colmara su vac√≠o. Y en parte funcion√≥. Acab√© pidi√©ndole que se casara conmigo y me dijo que s√≠. Pasamos nuestra noche de bodas en un escu√°lido container prefabricado. Con la boda, Ram√≥n obtuvo mayores privilegios. Fue as√≠ como empezamos a substituir las cartas con nuestras visitas semanales. Sacando cuentas, la de hoy, ser√≠a la vig√©sima quinta vez que nos vemos, pero la primera fuera del recinto de penitenciario. No puedo evitar estar nerviosa, esta vez nada le obliga a quedarse. Me asusta que decida marcharse. Este es mi mundo, el de fuera, √©l aqu√≠ no me conoce, ¬Ņle seguir√© gustando?, ¬Ņy si le parezco rid√≠cula a la luz del d√≠a?, ¬Ņqu√© le digo cuando lo vea?, ¬Ņde verdad es mi marido? Me acerco al l√≠mite, ¬Ņinicio o fin? ¬Ņhacia d√≥nde iremos? Ten√≠a que haberme puesto otros zapatos ¬°Qu√© tortura! Estoy sudando. No me he pintado, ya es tarde ¬ŅEs ese? S√≠, ah√≠ est√°… ‚Äď Hola, Marta. ¬ŅPor d√≥nde √≠bamos?

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El Oasis

enero 6, 2020 Relatos Cortos Comments (0) 128

Me iré solo cuando yo lo diga

Una mezcla de sal seca y arena rasca la madera del viejo Oasis junto a mis pasos. Son solo las diez de la ma√Īana y ya no queda rastro de esa humedad pegajosa que durante la noche se deposita en cada objeto que queda a la intemperie. Sillas y mesas de pl√°stico con su logo bien visible ya hab√≠an sido preparadas para la nueva jornada de trabajo.

Es viernes por la ma√Īana. Hab√≠a vuelto esa misma noche a Los Arenales desde Madrid y ya desde las primeras cabezadas nocturnas no hac√≠a m√°s que so√Īar con mi rinc√≥n. El Oasis es un viejo restaurante de veraneo, construido ‚ÄĒsin ning√ļn miramiento‚ÄĒ en primera l√≠nea de playa a finales de la d√©cada de los sesenta. Es un edificio feo, desproporcionado. Cuando era ni√Īa se encontraba rodeado de pinos bajos y dunas de arena. Hoy, no es m√°s que un detalle vintage entre urbanizaciones de lujo y piscinas. Su arquitectura refleja un tiempo pasado despreocupado y emergente que ya nada tiene que ver con el concepto que tenemos ahora de vacaciones en el mar. Cuando lo construyeron, las familias se iban de veraneo al apartamento de la playa, nada de viajes al otro lado del oc√©ano o paquetes de aventura en el desierto y selvas lejanas. El Oasis no era solo un bar, era el punto de encuentro, a√Īo tras a√Īo, de todas las familias que eleg√≠an Los Arenales como destino de vacaciones. Ni√Īos que crec√≠an juntos a ritmo de tres meses al a√Īo. Yo fui una de ellas.

Nuestro apartamento estaba situado en el punto m√°s alto de la zona. Desde el balc√≥n pod√≠amos ver el mar unido al horizonte hasta el faro. Cuando baj√°bamos a ba√Īarnos, para poder acceder a la playa, hab√≠a que pasar por el Oasis. El restaurante divid√≠a las dos secciones principales de la localidad: primera y segunda l√≠nea de playa y, m√°s arriba, la parte situada cerca de la sierra con sus pinedas . El √ļnico camino disponible para evitar el pasaje obligado por el local era a√ļn salvaje y arriesgado. Hab√≠a que atravesar las dunas que, adem√°s de ser ardientes y muy altas, escond√≠an peligros para los que nunca est√°bamos preparados. No hablo de peligros naturales como los peque√Īos escorpiones de arena que de vez en cuando sal√≠an de sus moradas para recordarnos que ese era su territorio, sino de residuos t√≥xicos y otras basuras que algunos humanos sol√≠an esconder najo su t√≥rrida arena. Disolventes, clavos oxidados, latas, maderas, y un largo etc√©tera.

En verano, el vaiv√©n de chanclas y colchonetas multicolores era constante. No puedo evitar pensar que todo ese pl√°stico sigue a√ļn hoy flotando abandonado en alg√ļn lugar del mundo. Siempre pens√© que el mar un d√≠a nos escupir√≠a toda la basura que le est√°bamos tirando. Ojal√° lo hiciera, nos lo merecemos.

Durante el invierno El Oasis apenas ten√≠a clientes: parientes y alg√ļn pescador despistado.

 Hoy es tres de diciembre y hace calor. El Sol ha calentado las fibras de madera de la tarima del bar y ya no se quejan tanto cuando las pisas. Estoy sentada en la terraza, soy la √ļnica turista. Delante de m√≠ se abre la orilla con sus olas enroscadas en espuma transparente. Miro al cielo, respiro y me siento a disfrutar de un vaso de vino blanco. ‚ÄúPor fin estoy en mi sitio‚ÄĚ, mi rinconcito.

 Conozco de memoria cada mancha turquesa de aquellas aguas templadas: cada roca, cada hoyo, cada banco de arena. Su olor particular, sus algas de flecos, sus bolitas de posidonia y su viento; poco a poco me devuelven la calma que necesito. Ning√ļn problema puede ser m√°s grande que el mar. Por importantes que nos parezcan, por incomprensibles y angustiosas que se nos presenten nuestras preocupaciones, nada son comparadas la con la constancia e inmensidad del mar. Su fuerza y perseverancia nos recuerda lo peque√Īa e insignificante que es la existencia humana en la infinita red espacio temporal del universo. Cierro los ojos un momento. Me echo hacia atr√°s con la espalda resbalando el cuerpo hacia adelante para tumbarme un poco en la silla y noto que se moja una de mis manos al apoyarse en el suelo. Me incorporo para secarme y veo un rastro de sangre fresca que llega desde la barra del bar.

La mezcla de sangre y arena en el suelo, en vez de asustarme, me devuelve de nuevo a un momento de mi infancia. Ten√≠a unos once a√Īos por aquel entonces. Acababa de ba√Īarme en la piscina cuando al salir, mientras abr√≠a la puertecita de pl√°stico que separaba el recinto de la entrada principal del edificio, me choqu√© con la portera. En ese momento estaba intentando atarme la toalla a la cintura as√≠ que tard√© unos segundos en levantar la cabeza y entender lo que estaba pasando. Se hab√≠a cortado las venas. La sangre borbotaba de sus mu√Īecas ti√Īendo de rojo los ladrillos blancos de la piscina. Nunca hab√≠a visto tanta sangre. Es curioso como el mismo fluido pueda ser al mismo tiempo vida y muerte seg√ļn donde se encuentre y la direcci√≥n que tome. Ten√≠a que reaccionar. Los primeros instantes fueron entorpecedores. Me qued√© inm√≥vil delante de ella sin saber qu√© hacer ni qu√© decir. Esa mujer se hab√≠a intentado suicidar cort√°ndose las venas y yo era la √ļnica persona que lo sab√≠a. Los chorros de sangre esparci√©ndose por el suelo llegaron a tocarme.

 Una peque√Īa mancha caliente en mi dedo gordo del pie y nuestras miradas se separaron para transformarse en gritos. Los m√≠os ped√≠an buscaban ayuda. Los de ella, en cambio, esa misma ayuda la rechazaban. ‚ÄĒDejadme, por favor, dejadme que me vaya‚Ķ.  ‚ÄĒgritaba. No tardaron en llegar su marido y algunos vecinos. Recogieron a Jacinta, que mientras tanto se hab√≠a ca√≠do al suelo desmayada, y se la llevaron al hospital.

Pocos d√≠as despu√©s, volv√≠ a encontr√°rmela saliendo de la piscina. Llevaba el antebrazo bien vendado y parec√≠a tranquila. Quise preguntarle por qu√© lo hab√≠a hecho, pero no fue necesario. Me mir√≥ fijamente a los ojos y me dijo: ‚ÄúMe ir√© solo cuando yo lo diga‚ÄĚ. D√≠as despu√©s, mi t√≠a me cont√≥ que su marido quer√≠a llev√°rsela de vuelta al pueblo para poder ganar dinero durante la temporada baja trabajando en los campos. La pareja llevaba m√°s de veinte a√Īos viviendo en los Arenales ocup√°ndose de la manutenci√≥n del edificio y de los turistas. Jacinta hab√≠a estado all√≠ desde los diecinueve, desde que tuvo que casarse con el viudo de su hermana, Jos√© Vi√Īales. Un hombre de campo, quince a√Īos mayor que ella. No ten√≠an hijos. Jacinta sol√≠a pasear todas las ma√Īanas por la playa, muy temprano, antes de empezar con sus tareas. Mi abuela y mi t√≠a a veces la acompa√Īaban. Hab√≠a nacido en el campo, lejos del mar y de su orilla, pero hab√≠a aprendido a amarlo m√°s que cualquier otra persona nacida aqu√≠. Daba gusto verla tan feliz, dec√≠a mi abuela.

Me incorporo y vuelvo al presente. Era un hombre alto, aunque caminaba encogido debido a una mala postura. No lo conocía. De la mano le colgaban dos bonitos recién pescados con ojos saltones y branquias rojísimas. La sangre que goteaba provenía de los peces. Volví a mi vino y fijé la mirada de nuevo en el horizonte. Pensé en Jacinta y sonreí.

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