Relativismo

enero 29, 2020 Microrrelatos Comments (0) 42

Yo, señor, no soy malo, es que no me enseñaron debidamente. Nací en una familia de desviados –de mente, se entiende– donde lo perverso tomó el puesto de lo bueno y viceversa. Le aseguro, caballero, que, vista desde dentro, mi vida es toda coherencia. El afecto para mí es agravio, y en cuanto tal, está presente en mi historia: como hubo gente que me quiso, hubo gente a la que yo también quise –a mi manera, se entiende. Repartí besos a mis enemigos y golpes a mis compañeros. Fui condescendiente con quien me faltó al respeto y no tuve piedad con aquellos que me bendijeron. Ya me advirtió mi madre: “Hijo, tú a los que te quieran, se la devuelves” Y eso fue lo que hice. Pasaron los años y, esa maldad, de la que usted me acusa, fue tomando las riendas de mi conducta; pero deje que le aclare una vez más, muy señor mío, que para mí no hubo, ni cabe, acción más digna y honorable que la de este asesinato. 

Continue Reading

El caballero de la mano en el pecho

enero 29, 2020 Cuentos Comments (0) 43

El polvo ha petrificado su expresión, camuflando la maestría del artista…

Mi tiempo se mide en polvo. Una mezcla de productos microscópicos que incluye: partículas de piel muerta, fibras de tejido, de tapiz para ser exactos, colonias de ácaros y otras sustancias nocivas para mi persona, que son obsequio de los pelotones diarios que vienen a visitarme desde el exterior. 

Este conglomerado de deshechos se acumula y se deposita sobre mi superficie. Yo ya no recuerdo haber vivido fuera, ni siquiera estoy cierto de haber existido como hombre. Dicen que soy una de las maravillas del Greco: “A su izquierda, la maravillosa tela del Greco…”, no conozco a ese Greco ni entiendo bien qué es lo que significa maravilla.  

Las maestras de escuela nunca dejan a los niños acercarse demasiado: “No vayáis a romper algo, que aquí todo son tesoros”. He de ser por lo tanto algo entre la maravilla y el tesoro. Los tesoros me hacen pensar a los piratas, ¿no seré uno de ellos?, esto es una espada…quizá sea un capitán o un oficial de la corona. ¿Quién es mi rey entonces? Ahora recuerdo: mucho polvo atrás, un infante me tocó un hombro con un dedo. Sí, aquí sigue su huella. Soy un caballero, eso está claro. 

Nunca he tenido compañía. No recuerdo rivales, pero tampoco doncellas. Una mano, una amable y cuidadosa mano me confortó en el pasado. Ojalá regresara. Estoy sucio, no veo los colores de mi ropa y mi mirada está desquebrajada. Soy un lúgubre retrato.

“El polvo ha petrificado su expresión, camuflando la maestría del artista…”

Continue Reading

Pensamientos

enero 29, 2020 Microrrelatos Comments (0) 51

Antología de momentos

Desalmado

Desde nuestro encuentro, mi alma, inquieta y exaltada se me escapa de las manos

Perdido

Ejemplar de media talla, pelo oscuro, no es miedoso, responde al nombre de Alberto. Si lo veis, por favor, no intentéis cogerlo: dejadle el móvil y él mismo os dirá como llegar a casa. 

Lejanías 

Rojizos alientos se suceden en el ímpetu de un deseo de retorno; y una calma, la que llega, que a una madre nos devuelve: la tierra. 

37 

La miseria de la guerra no acaba en la muerte sino en la ausencia de vida que nos deja. 

Continue Reading

Limón

enero 20, 2020 Microrrelatos Comments (0) 34

Limón, sabes a cielo y mar entre los dientes.

Creo que voy a acostarme. Sí, ya es hora. Me hago el ánimo y me levanto del sofá. Ya no hay quien vea la televisión, todo el día con anuncios y la teletienda. Cincuenta y pico canales y cuentan menos cosas juntos que cuando había solo dos. Colchones, cuchillos, ollas y, por supuesto, “cambie usted su bañera por un plato de ducha en tan solo seis horas”, cómo para perdérselo.

Bueno, ya me he cansado. – Perico, vamos. ¡A dormir! –Bebe agua que luego no voy a por más. Vamos a poner la calefacción en el tres, que hoy hace frío, ¿verdad que sí, chiqui? Ya sé yo que a ti también te gusta el calorcito, bribón. ¡Menos mal que ya no hay que salir a por leña! Venga, a la camita ya.

 Antes el frío no nos asustaba, ni a ti ni a mí. Nos hacemos viejos, amigo mío. También es cierto que hoy en día se exagera mucho con las noticias y le hacen a uno ya hasta asustarse de que llegue el viento o de que vaya a nevar en invierno. Hacen que parezca algo extraordinario. El día que descubran que el agua moja…. Pero a ti eso te da igual, tú no entiendes de telediarios y de emergencias. – Quieto ahí, espera, espera que encienda la luz del pasillo, ¡que al final nos caemos los dos! Eso es, muy buen chico. Que si cambio climático, deshielo del ártico, incendios en el Amazonas, no te gustaría oír lo que oigo yo cada día, ya no hay manera de vivir tranquilo. Siempre ha habido cambios, pero ahora las cosas pasan sin que nosotros lo queramos. Qué pena ser niño en este mundo. Les hemos quitado mucho, que Dios nos perdone. –Tú no, Perico. Tú siempre has sido fiel a tu naturaleza, nada que perdonarte a ti.

Me acuerdo el año que nevó en un día más que en todo un invierno… –¡o dos! Nadie se extrañó porque los copos cayeran rosas, nos pusimos a jugar con ellos sin más. En mi juventud los hombres éramos unos irresponsables, nada que no fuera el progreso y el bienestar que el dinero poco a poco nos iba trayendo nos interesaba. Me duele pensar que si hoy pongo la calefacción es porque en aquellos años supe mirar para otro lado. –¿Sabes lo que me pregunto, amigo mío?, te lo diré: No me cabe en la cabeza cómo pudimos hacer la vista gorda por tanto tiempo. Sabíamos perfectamente a dónde iba a parar todo: que los vertidos acababan en el río y que de ahí, por lógica, acabarían en el mar…pero hacíamos como si nada. Con ver el sueldo a final de mes, ya se limpiaba sola la conciencia ¡Qué locura! ¡¿Por qué debe el hombre aprender a hacer las cosas bien cuando ya es tarde?!

Creíamos que lo sabíamos todo, pero no era así. Y lo mismo pasa hoy, Periquín mío. Creen que han entendido cómo están las cosas, pero… no éramos nadie y no lo somos tampoco ahora.  Alguien dijo una vez: si no la salvo a ella, no me salvo yo. Hablaba de la vida, en definitiva. De ese escenario en el que nos encontramos –sin guion– nada más nacer. Si no le damos un sentido a nuestra existencia, cómo podemos pretender que esta cuente algo más que ese limón ahí colgado. Ay, mi gran amigo, la conciencia de la muerte es la clave para entender el mundo. –Sube aquí, eso es. Buen perrito. Buenas noches Perico, a ver si mañana también nos despertamos.

 Limón, qué es esa vida que ahora acaba y encierro,

Limón, qué es ese canto que hoy mismo silencio,

Limón, sabes a cielo y mar entre los dientes.

Continue Reading

La vida sin lucha

enero 17, 2020 Relatos Cortos Comments (0) 41

A Laura, la vida sin lucha, le resultó vacía.

Cuando abrió la mano y dejó caer el cuchillo al suelo, aún podía sentir cómo sus latidos le atravesaban las muñecas envueltos en un guante de sangre denso y oscuro.

La tensión inicial estaba dejando paso a la conciencia. Los hechos estaban dibujándose en su memoria. Había ocurrido. Tal y como siempre había temido, lo había matado. El cuerpo de su marido ahora le parecía ridículo, un trozo de carne abandonado. Le sorprendió no sentir nada por él. Estaba segura de que el hecho de que hubiese sido culpable o no, no habría cambiado las cosas. Se habría librado de él de todas formas. La voz en su interior callaba satisfecha.

La primera vez que había pensado en matarlo fue un miércoles por la mañana. Lo recuerda porque ese día de la semana era el único que salía de casa temprano para ir a hacer la compra al mercado. Lavaba la lechuga cuando se le apareció la escena: tocan a la puerta, ella sabe que es él. Abre con el cuchillo de cocina en la mano y… ¡zas!, le raja la garganta sin decir una palabra. Ambas sabemos que algún día pasará.

Eran fantasías muy reales para ella, aunque nunca se había atrevido a contarlas a nadie, ni siquiera al psicólogo. Sabía muy bien cuál hubiese sido su veredicto. Pero ella no estaba loca. Simplemente odiaba a su marido. También se imaginaba enroscando un silenciador a una pistola segundos antes de volarle los sesos con ella.

Hacía ya cinco años que vivía en aquel pueblo. Desde que llegó, nadie habría dicho que las cosas no le hubieran ido bien. La casa nueva, la boda, ahora el embarazo. A ojos de un extraño, su vida era perfecta, digna de un panfleto publicitario de los años cincuenta. Su marido la trataba como a una princesa, no le faltaba nada. Todo era maravilloso. Un hombre como los de antes, responsable y cariñoso que sueña con tener el mayor número de hijos posible. Ese era Néstor.

Nadie entendía sus razones. No había motivos para quejarse, ese hombre se desvivía por ella.

– ¿Cómo puede ser tan desagradecida? Ese chico se lo ha dado todo, no se merece que lo traten así. Dice que está deprimida… qué fácil es esconderse detrás de esa palabra. Está muy de moda ahora eso de la depresión…para mí es solo una niñata caprichosa. – cuchicheaban las vecinas. Solía oírlas mientras doblaba la ropa en la lavandería. No se imaginaban que ella estuviera escuchando, y ella jamás reveló su escondite. Criticaban a todo el mundo, pero cuando se trataba de Laura, todas estaban de acuerdo y a favor de su marido. Qué fácil era para Néstor obtener la unanimidad femenina.  -Ya quisiera yo que mi marido me comprara unos pendientes así… ¡vamos ni en cien años!

Cuando Néstor le compró esos pendientes, Laura ya tenía el anillo y la pulsera a juego. Se los había ido comprando los años anteriores. – Son muy bonitos, gracias. – No supo decirle nada más.

Sus suegros la trataban como a una hija. Desde que se habían enterado de su embarazo, la llamaban todos los días. Ser una hija postiza, como le gustaba definirse a ella misma, no le había traído ningún beneficio. Eres parte de la familia, cierto, pero de la familia de ver. Es decir, de puertas para fuera. No le cabía duda de que todo ese amor y esa premura desproporcionada no eran más que corolarios necesarios de un objetivo superior: obtener descendencia. “Es una pena que no existan los úteros artificiales, a esta gente les vendría muy bien y a mí me dejarían vivir en paz”, pensaba. No eres más que un daño colateral para ellos, querida. – añadía la voz.  Ya casi tenía que convivir con ella en cada momento, la atormentaba y no la dejaba pensar con claridad.

Por las noches, los años transcurridos en la universidad la perseguían. Desde hacía algún tiempo no descansaba bien. Volvía a verse a si misma sentada en primera fila mientras tomaba apuntes cerca de la mesa del profesor. Al terminar la clase, todos se marchaban menos ella. No podía moverse, aunque su aspecto era el de entonces –pequeña y de constitución delgada– se sentía pesada, paquidérmica.

Intentaba pedir ayuda para poder levantarse, pero tampoco tenía voz. Veía a sus compañeros salir del aula, volver a entrar al día siguiente, de nuevo irse y así como si se tratara de una secuencia de fotogramas, pasaba de escena en escena hasta verse envejecida siempre en el mismo sitio.

Inmóvil, observaba cómo los demás realizaban seguían con sus vidas mientras ella seguía paralizada en el mismo punto. La eterna espectadora.

Cuando por fin lograba despertarse, el corazón le latía fuerte y le faltaba el aliento. Las palpitaciones tardaban unos minutos en recuperar su ritmo normal. El paso del tiempo la aterrorizaba. Tenía miedo a envejecer sin haber antes realizado sus proyectos. No desperdiciar su vida, hacer algo de lo que sentirse orgullosa, era para ella una obsesión. Dedicarse a los demás es de débiles, ¿quién eres tú Laura? ¿Cuál es tu sitio en este mundo? – ¡Otra vez no!  ¡Basta! – gritaba

Las pesadillas le dejaban un fuerte dolor de cabeza. Eran días terribles. Prefería quedarse en casa y distraerse con la televisión. Nada de salir de compras o estar en la cocina. Las tareas domésticas no le ayudaban, es más, le recordaban que, hasta entonces, lo único que había conseguido era convertirse en la segunda madre de un niño rico. Ir al supermercado, pensar en qué hacer de comer, esperar que llegue del trabajo, preguntarle cómo le ha ido el día y tener la casa limpia. Esa era su realidad. Había días que no lo soportaba, necesitaba una pausa para no volverse loca.

Cuando Néstor entraba en casa y la encontraba tirada en el sofá viendo la tele se enfadaba. No le gustaba ver a su mujer (a su ideal de mujer) sin nada más que hacer que ver series todo el día.

– ¿Te parece normal que llegue cansado de trabajar y tenga que ponerme yo a prepararme de cenar mientras tú estás ahí sin hacer nada?, imagino que la excusa de hoy será la de todos los días, ¿no? “Estoy deprimida”, “Me siento frustrada” … – mascullaba mientras le daba la espalda para abrir la nevera.

Laura ya no tenía palabras nuevas que echarle encima a Néstor. Le había explicado mil veces cómo se sentía en esos días y lo difícil que era para ella salir adelante. Nunca le dio la importancia que merecía, para un hombre como su marido, ser ama de casa es el completamiento de la existencia femenina. De verdad no entendía por qué Laura se quejaba. Estaba tan cansada que prefería esperar a que se le pasase en silencio. De hecho, cuando hubo combatido con fuerza y rabia la situación solo había empeorado. Por más que tratara de explicarle que ella era algo más que una criada y que necesitaba dejar espacio también a sus inquietudes como individuo y como mujer, él siempre volvía a su terreno con la misma pregunta: ¿Te ha faltado algo alguna vez desde que estás conmigo? ¿Te he tratado mal en alguna ocasión? Venga, ponme un ejemplo concreto de ese machismo del que me acusas. -No se trata de eso, Néstor. Aquí no soy feliz. No puedo progresar si tengo que ocuparme todo el día de las tareas y de que todo esté listo e impecable siempre a la misma hora. La comida a las doce y media y la cena a las ocho. ¿Qué pasaría si trabajara? – Es que no necesitas trabajar -concluía él. Y vuelta a empezar. – Ese feminismo tuyo irracional me está cansando, ¿sabes?, no voy a soportarlo siempre. Trabajo para ti, para que estés aquí en casa tranquila y no tengas que salir ahí afuera a ganarte la vida, ¡y encima te quejas!

 Su primer año de carrera le traía buenos recuerdos. Sus únicas preocupaciones eran los exámenes y sacar dinero para pagar el alquiler. Tenía un trabajo de media jornada en una librería con el que conseguía sacarse lo justo. La mayor parte del tiempo lo pasaba allí o en la biblioteca donde estudiaba. No podía darse muchos lujos, pero se sentía viva. Saber que puedes contar contigo misma para salir adelante es muy gratificante. Depender de los demás, produce ansiedad. Son cosas que ahora sabe pero que entonces nadie supo explicarle. Néstor apareció en un momento de su vida en el que se sentía perdida y con grandes dificultades económicas. Su padre se había marchado de casa y, su madre y su hermana, dejaron de contar con un sueldo en casa. Se habían quedado sin nada y sin nadie que pudiera ayudarlas. Dejó la universidad unos meses después de haber comenzado el segundo curso. Duplicó el turno en la librería para poder ayudar a su madre mientras ésta buscaba trabajo. Era una mujer de cincuenta años sin trabajar desde los treinta y cinco, no iba a ser fácil reincorporarse al mundo laboral.

A pesar de los problemas, Laura se levantaba con fuerzas cada mañana para ir a trabajar. Un día más, una nueva oportunidad. Confiaba en que todo acabaría como había comenzado, de repente. Y en parte fue así. Néstor llegó a sus vidas como un auténtico salvador. Laura y su familia lo recibieron como si de una profecía maya se hubiera tratado. El conquistador no tuvo que luchar mucho para hacerse con el poder. Enseguida se hizo cargo de la precaria situación de toda la familia. Le ofreció un empleo a su madre dentro de la empresa de sus padres. Un puesto de administrativo para empezar y luego “ya veremos. Laura creyó enamorarse perdidamente de él. Se conocieron en una conferencia sobre La necesidad de la guerra como experiencia de paz interna, cómo no iba a recordar un título así. La tesis doctoral de Néstor había sido publicada y su editor le había pedido que diera un discurso de apertura durante la presentación del volumen, justo en la librería en la que trabajaba Laura.

Cuando la voz analizaba con frialdad aquellos momentos en su memoria, Laura se sentía muy desdichada. Se había entregado al que sería su marido sin pensarlo dos veces.  No lo conocía casi cuando decidió irse a vivir con él. Ese sentimiento de agradecimiento que entonces sentía no era amor, sino necesidad. Él sabía lo que estaba haciendo. Sabía que eras una presa fácil, solo tenía que comprarte aprovechándose de la situación. Y tú caíste en la trampa en un abrir y cerrar de ojos. -déjame en paz, ¡vete! Ya lo sé… pero por favor, ¡déjame ya!

Néstor y su familia consiguieron insinuarse en su vida como un glaciar que inexorable se abre paso entre las rocas. El rescate de su madre, la temprana convivencia y el traslado al pueblo, lejos de sus amistades y de su pasado, hasta que llegó el momento de la boda. Cada detalle, cada decisión, fue tomada por otros o dictada por las circunstancias. – Néstor, ¿le has puesto ya a Laura la canción que te envié? Vamos a poner esa durante la misa. – le decía su suegra mientras apuntaba todo en su libreta.

La boda del hijo de los Sierra fue todo un éxito. Los invitados quedaron muy satisfechos con el espectáculo ofrecido. Laura no era muy consciente de lo que acababa de ocurrir, ni de lo que podía significar para ella. Había estado dejándose llevar por el trajín de eventos. Sin darse cuenta, había pasado los tres primeros años de su matrimonio entre decoraciones y viajes de compromiso.

Haber terminado la carrera no le había servido de mucho. Enviaba currículos todos los días, pero nadie la llamaba. Tenía treinta años y la rechazaban en todas partes. Era una mujer joven pero no tanto como para que la contrataran de aprendiz y, además, estaba casada. Ser mujer joven y recién casada significa solo una cosa para las empresas: baja de maternidad. Desesperada y con la moral por los pies, buscó ayuda entre amigos y conocidos, llegó incluso a pedirle ayuda a su suegro, un hombre con las manos metidas en mil negocios, pero no hubo manera. No por falta de ocasión, sino porque él no quería que ella trabajara. Nunca la habría ayudado con eso. No era algo que encajara bien con sus planes. Quería tener nietos lo antes posible y, una nuera emancipada, constituía un obstáculo.

Laura acabó cayendo en una depresión que nadie entendía. Pasaba las tardes planchando delante de la tele viendo capítulo tras capítulo del Dr. House (su serie preferida). Cuando él volvía a casa, la comida siempre estaba preparada, pero a Laura no le importaba nada de lo que pudiera decirle. Durante las ocho horas en las que estaba sola, sola con sus pensamientos, había tenido tiempo de sobra para imaginarse la monótona jornada laboral de su marido. Habría llegado al trabajo a eso de las nueve y media, tras levantarse a las nueve ya que vivía justo en frente de la oficina de los Sierra.  Nada más entrar, su madre le habría ofrecido un café y un trozo de tarta que ella misma habría cocinado la tarde anterior. Unos minutos de conversación, un viaje al baño y sobre las diez se habría dirigido a su despacho. Allí habría leído el correo, echado cuentas y discutido con su padre unas tres o cuatro veces hasta que su madre, de nuevo, hubiera interrumpido el diálogo para ofrecerles la comida. Un poco de siesta después y… de vuelta al (pseudo)trabajo.  Unas horas navegando en internet, un par de llamadas a proveedores y ya está. Para casa otra vez. De vuelta al hogar, una joven mujer le habría estado esperando con su plato caliente y una sonrisa.

Los peores días eran cuando Néstor volvía a casa con ganas de sexo. Se comportaba como si estuviera recogiendo una especie de premio o condecoración. Lo más curioso es que no se daba cuenta de lo mal que lo hacía. No solo no sabía excitarla, sino que se impacientaba cuando ella no conseguía alcanzar el clímax. Laura se veía obligada a fingir solo para que la dejara en paz. Tenía que hacerle ver que estaba disfrutando para que él consiguiera a su vez, alimentar esa fantasía viril de hombre realizado y pudiera llegar hasta al final. Muchas veces ni siquiera conseguía una erección por sí mismo. Laura sabía que cuanto peor le fuera a él con su erección, peor le iría también a ella ya que tendría que trabajar más para conseguirla. Si la estimulación no bastaba una vez, le obligaba a repetirla. Y si ni con esas, entonces la dejaba sola en la cama y se iba al baño, echándole la culpa a ella de lo ocurrido. – Pones tan poco de tu parte que no me extraña que no se me levante. – solían ser sus palabras. Él nunca era responsable de nada. Con los años, Laura había aprendido a engañarlo. La sesión duraba poco más de media hora si las condiciones eran buenas, algo más cuando llegaba bebido. Laura acabó perdiendo el interés por el sexo, y por todo.

Su suegro era un hombre mayor muy acostumbrado a salirse siempre con la suya. Tenía un carácter fuerte y sabía sacar de las personas todo lo que a él le hiciera falta. Hoy lo definiríamos como un egótico, alguien que se acerca a los demás solo para coger de ellos lo que necesita. El dinero, y la fortuna, que había conseguido acumular durante las décadas de los 80 y de los 90, habían contribuido a alimentar aún más ese ego desproporcionado. Las madres trabajadoras, para él, no eran más que unas cobardes, mujeres que, por miedo, habían renegado el lugar que Dios les había reservado en el mundo. Ocuparse de la prole era la máxima realización natural del género femenino. Pedirle ayuda para encontrar un empleo había sido lo más estúpido que había hecho en su vida.

El señor Sierra tenía dinero para poder mantener sin trabajar a varias generaciones. Lo único que le importaba ahora era ejercer todos sus derechos de patriarca, pero para ello necesitaba descendencia.

La presión que ejercía sobre Laura se había vuelto insostenible. Llegó a ofrecerle cincuenta mil euros por cada hijo que tuviera. Hizo la propuesta durante una cena delante de Néstor y su madre que desdramatizaron añadiendo la postilla: “Te conviene que sean trillizos, mujer” entre carcajadas, pero Laura sabía que no bromeaba.

No es que no quisiera ser madre, lo que no quería era tener hijos con Néstor – y, por ende, con su familia. No tenía trabajo, no sabía en qué ocupar el tiempo y la voz interior que tanto miedo le producía estaba ganando terreno. Le asustaba no ser una buena madre, poner a su hijo en peligro, que la voz le hiciera daño.

De vuelta a casa, Laura estuvo callada todo el tiempo. Néstor seguía hablando del tema, sin tener en consideración la opinión de su esposa que aún no se había pronunciado.

Un par de semanas después el abuelo volvió al ataque: – He visto un chalé aquí al lado que sería perfecto para vosotros. Solo os falta el bebé. Si me dais esa alegría, os la compro enseguida, me da igual lo que cueste -exclamó.  Y otra vez volvió a esconder su chantaje entre muecas y sonrisas, solo que, en esta ocasión, Laura no pudo contenerse. – No voy a tener un hijo ni ahora ni nunca solo porque a ti te apetezca. Puedes ofrecerme todo el dinero que quieras, no lo aceptaré jamás. Si de verdad queréis que tengamos niños, antes que como madre, tendré que realizarme como mujer. Soy algo más que un útero. – concluyó con tono serio y preocupado. Contaba con una respuesta de igual medida por parte de Néstor o de su suegro, pero no fue así. Ambos agacharon la cabeza como lo habría hecho un cazador que descubre que tendrá que sacrificar a su perro. Cambiaron de tema y dejaron a Laura suspendida en la nada. El silencio incómodo que se había creado poco antes dejó paso terminó cuando su suegra entró en la sala y todos se sentaron a comer alrededor de la mesa.

– No vuelvas a decir algo así en la vida, ¿me entiendes? Si quieres que tu madre siga teniendo un trabajo, no vuelvas a dirigirte con ese tono a mi padre – le exhortó. – Y, ves quitándote todos esos pájaros de la cabeza. – ¿Cuáles pájaros, Néstor? – respondió ella.  – Esa tontería de que no piensas

tener hijos hasta que no te realices como mujer.  – No es ninguna tontería. Es lo que pienso. – le contestó con un tono esta vez más suave.  – Creo que no me has entendido bien, Laurita. Si no me das un hijo pronto, no voy a seguir esperando. Te pediré el divorcio y tendrás que volver a ocuparte de tu familia. Laura no podía creer lo que estaba oyendo. Néstor El Salvador la estaba ahora amenazando con destruirla si no consentía darle un heredero.  – No puedes hacerme esto. Sabes muy bien que estoy enferma. Estoy deprimida y no puedo ser una buena madre así, no me pidas eso… Sabes muy bien lo importante que es para mí poder dar a mi hijo lo que yo nuca tuve, un ambiente familiar sano y sin problemas. Necesito tiempo para poder curarme – le suplicó entre lágrimas. – Ya estoy harto de ti y de tus lloriqueos. – concluyó él.  Laura se dio cuenta de que ya no podía amarlo. No podía seguir al lado de una persona que no la veía como mujer. Esa noche fue la más larga de su vida. No quería volver a ver sufrir a su familia, pero tampoco podía seguir atrapada en la jaula que Néstor le estaba construyendo. Tenía que tomar una decisión, encontrar una solución que no pasara por el abandono. Tras mucho pensar, llegó a la conclusión de que no dejaría a Néstor hasta que no encontrara un trabajo con el que garantizarse cierta libertad económica. Solo tenía que hacerle creer que había aceptado el chantaje.

Con las últimas fuerzas que le quedaban y cargada de un optimismo enfermizo, se levantó y se fue a la universidad. Quería pasar por la vieja librería donde había estado trabajando de estudiante e intentar recuperar su antiguo puesto. El gerente, sobrino del viejo titular del negocio, no la conocía, pero decidió darle una oportunidad como personal de apoyo durante el periodo de matrículas. No era mucho, pero por lo menos tenía una excusa para salir de casa y un medio con el que poder aspirar a la independencia económica. Cuando volvió a casa, quiso contarle todo a Néstor. Estaba muy ilusionada y tenía ganas de decirle a su marido que todo estaba yendo por el camino adecuado y que. poco a poco, conseguirían salir del bache. Su ilusión chocó con la apatía de Néstor que desde hacía algunos meses casi ni le hablaba. Seguían teniendo relaciones, pero ya no eran una pareja enamorada. El sexo era la forma en la que Néstor le comunicaba que su plan de formar familia aún seguía en pie. Lo que no sabía es que Laura, desde el día en el que el señor Sierra le había ofrecido los cincuenta mil euros, había empezado a tomarse la píldora anticonceptiva.

Finalizado octubre su jefe le confirmó que iban a ofrecerle un puesto fijo. Era cuestión de días. Esa noche, Laura, preparó una cena especial para su marido durante la cual, darle la buena noticia. – ¿Qué significa todo esto? – dijo él nada más atravesar el umbral de la puerta.

– ¡Me han cogido, Néstor! Voy a ser encargada de sección en la librería. Por fin voy a tener un puesto fijo. ¿Te das cuenta? ¿No te alegras por mí? Con lo que me ha costado…

– Ya sabes lo que pienso de este asunto – la interrumpió.  No voy a discutir otra vez.

Durante los meses siguientes se respiraba un clima de guerra fría. Llegó diciembre y la librería volvió a llenarse de gente. Laura llegaba exhausta a casa. Tardaba más de una hora en recorrer el trayecto que separaba su casa del barrio universitario. Tenía que coger primero el tren y luego el coche para llegar hasta la pedanía en la que se encontraba el pueblo de Néstor. Esa tarde se sentía rara, no le dolía nada en particular, pero no estaba bien del todo. Parecía como si le fuera a bajar la regla. Le pareció extraño ya que con la píldora los dolores menstruales se atenúan al no ovular ni cumplir con el ciclo hormonal completo. Llegó a casa a las ocho y media, se tumbó en la cama un rato para descansar antes de ponerse a hacer la cena y se quedó dormida. Por la mañana, se despertó aún vestida. Néstor había dormido en el sofá por no molestarse en despertarla. Se levantó y se metió en la ducha. Al salir de la bañera vio unas manchas rojizas fluir por el sumidero. “Sí que es extraño”, pensó. No me toca manchar esta semana. Se limpió otra vez y cuando se agachó para ponerse las bragas una sensación de náusea la recorrió desde el estómago hasta el esófago. Las arcadas fueron tan fuertes que acabaron por despertar a Néstor. – ¿Qué te pasa?, ¿estuviste bebiendo ayer con tus amigas? – le preguntó con tono acusador. – No, no sé qué es. Pero no me encuentro bien, creo que no voy a ir a trabajar. 

 – Avísame si tengo que llevarte al hospital – dijo mientras se marchaba dando un portazo. Laura se miró al espejo desnuda y notó que su pecho estaba bastante hinchado. – No puede ser la regla otra vez – masculló. Cogió su bolso buscando el blíster de pastillas para comprobar si, por error, había olvidado tomarse algunas este mes y fuera ese el motivo del desarreglo hormonal.

Fue entonces cuando se dio cuenta. Había una especie de circunferencia perfecta por el reverso de cada pastilla. Era como si alguien hubiera abierto y después sigilado de nuevo cada uno de los huecos ocupados por las píldoras. “No puede ser lo que creo que es”, se dijo asustada. “No puede haber sido capaz”, “Dios mío, dime que no es así, por favor.” Cogió las llaves del coche y salió corriendo de casa. Paró en la primera farmacia que encontró y compró un par de tests de embarazo. Condujo después hasta el bar de la plaza del pueblo, pidió un café y se fue al aseo. Hizo la primera prueba con las manos temblorosas, casi pierde el predictor en el wáter. El primer resultado fue positivo. El segundo también.  Néstor lo había planeado todo. Le había dejado pensar que se había salido con la suya mientras él tramaba a sus espaldas y la había dejado embarazada contra su voluntad. Ahora lo veía todo muy claro: su apatía, el hecho de que no le hubiera impedido ir al trabajo, el silencio de sus padres al respecto… todo cobraba sentido. Estaba embarazada. El tiempo se paró a su alrededor. Su mente ataba cabos a una velocidad prodigiosa. La voz, que había callado hasta entonces, volvió a tomar el control. Laura desapareció en ese preciso instante. Salió del bar y con la mirada abstraída subió al coche y volvió a casa. Una vez allí, se quitó el abrigo, se puso el delantal, preparó la cena y se sentó en el sofá a esperar a su marido. El cuchillo detrás de su espalda aún olía a cebolla.

Continue Reading

El lugar del encuentro

enero 6, 2020 Relatos Cortos Comments (0) 60

Demasiado complicado para que funcione

Me duelen los pies. Estos zapatos me están matando. No siento los dedos de los pies, parece que se hayan transformado en una pezuña. Una especie de muñón óseo que sigue mi andadura por inercia. Un caminar muy poco elegante, de ñu, más que de gacela. No consigo distinguir entre el dolor de un dedo y el otro. Los tacones son una tortura bien vista, diría yo. No me explico cómo algunas mujeres pueden hacer esto todos los días y regresar de una pieza a sus casas, sin amputaciones. ¿Por cuánto tiempo se puede estar sin circulación en las extremidades? ¿No se les ponen morados los dedos como a los alpinistas?, los míos empiezan a estar blancos y fríos. Es la primera vez que vengo al trabajo con tacones y creo que volveré a casa descalza. Lo he hecho porque hoy es un día especial, y, como esta mañana no he tenido tiempo para arreglarme (¡maldito despertador de los chinos!), he decido compensar la falta de maquillaje con mis Ferragamo. La verdad es que no los sacaba del armario desde que se casó mi hermana Julia, hace ya más de un año. Menos mal que le dije a Ramón de quedar por la mañana y no por la tarde, ¡No hubiera resistido! Ya son las doce y media, tiene que estar al caer… habrá que acelerar. A este ritmo debo de ser el ñu más lento de toda la sabana. No quiero causarle una mala impresión. Después de todo, es nuestra primera cita al aire libre. Resiste Marta, ¡ánimo!, ya falta poco. Concéntrate, piensa que el dolor forma parte de ti, como cuando vas al dentista… Acéptalo. Uf… ¡Qué daño!

Llevo mucho tiempo esperando este momento. No se cuántas tomas he rodado de esta misma escena en mi cabeza cada noche antes de dormirme. Repaso todos los detalles: diálogos, escenario, vestuario (tanto el mío como el suyo, como si de alguna manera pudiera llegar a controlarlo). No dejo nada al azar, todo tiene que ser perfecto. Y así hubiera sido, estoy segura, de no haber sido por ese despertador y sus caprichos. He depositado todas mis esperanzas en este encuentro. Necesito que funcione.

Siempre quise formar una familia y creo que esta ocasión representa mi última oportunidad, si no por edad, que también, por energías. Si esto sale mal, no creo que haya más espacio en mi vida para el amor. Así es. Me ha costado mucho llegar hasta aquí y la idea de tener que volver a empezar de cero otra vez si esto no cuaja, de momento no me seduce. La puesta en juego es muy alta. A mis cuarenta y tres años, aunque anagráficamente todavía sea joven, me encuentro cansada. Harta de tantos comienzos. Creo haber recorrido ya esos cinco kilómetros de vida que mediamente separan la orilla del horizonte. Y la verdad es que no tengo fuerzas para seguir creando caminos por los que avanzar. Ha llegado el momento de soltar el timón y dejarse llevar por la corriente.

Ramón y yo nos conocimos cuando él llevaba ya un año y medio en prisión. Fue gracias a una de esas iniciativas sociales para la reinserción. “Cartas desde el olvido” o algo parecido, se llamaba el proyecto. Su finalidad era la de ayudar, mediante la correspondencia, a mantener vivas las espereanzas de los presidiarios (aquellos con buena conducta) que hubieran adherido al programa. Y de paso, para tenerlos entretenidos. Empecé por compasión. Lo admito. Mis noches eran aburridas y solitarias así que pensé: “¿Y por qué no?, no tengo nada que perder.” Elegí su historia de entre cincuenta. Ejemplos, todas ellas, de vidas truncadas por el pecado o el capricho de destino. La mayoría de ellos daba la culpa a la sociedad, otros a la familia, al dinero… Pero la verdad es que a todos les había fallado el amor. Padres violentos, alcohólicos o drogadictos, malas compañías, historias tóxicas, niños que crecen abandonados, padres que abusan de sus hijos o los golpean hasta quitarles la inocencia a puños.  Víctimas que acaban convirtiéndose en verdugos de ellos mismos. No todos se arrepentían de sus actos, había quien los justificaba e incluso reivindicaba como justicia. Otros pedían perdón, así como derecho a poder dejarse atrás sus malas acciones. Ramón era uno de ellos. Su carta no tenía nada que ver con las demás. No sé cómo describir el aura que emanaban sus palabras. Ataraxia, quizá. Me conmovió el profundo vacío que desprendían. Quise llenarlo enseguida. Hablaba de su primera mujer como quien describía su propio ideal de belleza. Susana, que así se llamaba, falleció poco antes del accidente a causa de un cáncer de mama, enfermedad que, en la carta  – la que Ramón escribió, en principio, a un lector anónimo –  era tratada con la misma minuciosidad con la que anteriormente había descrito los rasgos femeninos de su mujer. A su hija, Claudia, de apenas tres años, la perdió poco tiempo después por culpa de un borracho. No dedicó muchas líneas a este episodio: “A Claudia me la arrebató un pirata de la carretera”. La falta de dolor vivo en sus palabras fue el grito de ayuda más fuerte que jamás hube escuchado. Nunca me había sentido tan cercana al sufrir de otra persona como en ese momento. Abrí el cajón del escritorio y me puse a escribir con el corazón en un puño.

 – Hemos creado un mundo sin razón,  – me decía – . Un sistema tolemaico, demasiado complicado para que pueda funcionar.

Ramón era un hombre de bien antes de que ese mal nacido le arruinara la vida. «Homicidio involuntario» fue la sentencia. Cuatro años de reclusión para el imputado, condena que, según la ley, bastaba para colmar el vacío vital que dejó la pequeña Claudia al ser atropellada por ese desgraciado. No para Ramón.

Recibía una carta suya cada tres días. Las mías tardaban más por culpa del trabajo, pero casi siempre conseguía enviarle al menos una a la semana. No hizo falta mucho tiempo para que acabáramos hablando de mí y de mis problemas. Ramón analizaba todo desde la perspectiva de quien ya no le tiene miedo a nada. Poco a poco su visión se fue subsituyendo a la mía, cambiando mi mundo desde dentro. Sus cartas tenían en mí un efecto estupefaciente. Mientras las leía, hacía mía esa imagen heraclitea del río, donde todo fluye y solo el cambio es eterno.  – Todo pasará, Marta, esto también…

Fuimos amantes platónicos durante tres años. Nadie conoce mi vida como la conoce él, ni siquiera yo misma. Dejé de ser una persona sola para transformarme en su mitad. Cedí parte de mi sustancia para que el colmara su vacío. Y en parte funcionó. Acabé pidiéndole que se casara conmigo y me dijo que sí. Pasamos nuestra noche de bodas en un escuálido container prefabricado. Con la boda, Ramón obtuvo mayores privilegios. Fue así como empezamos a substituir las cartas con nuestras visitas semanales. Sacando cuentas, la de hoy, sería la vigésima quinta vez que nos vemos, pero la primera fuera del recinto de penitenciario. No puedo evitar estar nerviosa, esta vez nada le obliga a quedarse. Me asusta que decida marcharse. Este es mi mundo, el de fuera, él aquí no me conoce, ¿le seguiré gustando?, ¿y si le parezco ridícula a la luz del día?, ¿qué le digo cuando lo vea?, ¿de verdad es mi marido? Me acerco al límite, ¿inicio o fin? ¿hacia dónde iremos? Tenía que haberme puesto otros zapatos ¡Qué tortura! Estoy sudando. No me he pintado, ya es tarde ¿Es ese? Sí, ahí está… – Hola, Marta. ¿Por dónde íbamos?

Continue Reading

El Oasis

enero 6, 2020 Relatos Cortos Comments (0) 42

Me iré solo cuando yo lo diga

Una mezcla de sal seca y arena rasca la madera del viejo Oasis junto a mis pasos. Son solo las diez de la mañana y ya no queda rastro de esa humedad pegajosa que durante la noche se deposita en cada objeto que queda a la intemperie. Sillas y mesas de plástico con su logo bien visible ya habían sido preparadas para la nueva jornada de trabajo.

Es viernes por la mañana. Había vuelto esa misma noche a Los Arenales desde Madrid y ya desde las primeras cabezadas nocturnas no hacía más que soñar con mi rincón. El Oasis es un viejo restaurante de veraneo, construido —sin ningún miramiento— en primera línea de playa a finales de la década de los sesenta. Es un edificio feo, desproporcionado. Cuando era niña se encontraba rodeado de pinos bajos y dunas de arena. Hoy, no es más que un detalle vintage entre urbanizaciones de lujo y piscinas. Su arquitectura refleja un tiempo pasado despreocupado y emergente que ya nada tiene que ver con el concepto que tenemos ahora de vacaciones en el mar. Cuando lo construyeron, las familias se iban de veraneo al apartamento de la playa, nada de viajes al otro lado del océano o paquetes de aventura en el desierto y selvas lejanas. El Oasis no era solo un bar, era el punto de encuentro, año tras año, de todas las familias que elegían Los Arenales como destino de vacaciones. Niños que crecían juntos a ritmo de tres meses al año. Yo fui una de ellas.

Nuestro apartamento estaba situado en el punto más alto de la zona. Desde el balcón podíamos ver el mar unido al horizonte hasta el faro. Cuando bajábamos a bañarnos, para poder acceder a la playa, había que pasar por el Oasis. El restaurante dividía las dos secciones principales de la localidad: primera y segunda línea de playa y, más arriba, la parte situada cerca de la sierra con sus pinedas . El único camino disponible para evitar el pasaje obligado por el local era aún salvaje y arriesgado. Había que atravesar las dunas que, además de ser ardientes y muy altas, escondían peligros para los que nunca estábamos preparados. No hablo de peligros naturales como los pequeños escorpiones de arena que de vez en cuando salían de sus moradas para recordarnos que ese era su territorio, sino de residuos tóxicos y otras basuras que algunos humanos solían esconder najo su tórrida arena. Disolventes, clavos oxidados, latas, maderas, y un largo etcétera.

En verano, el vaivén de chanclas y colchonetas multicolores era constante. No puedo evitar pensar que todo ese plástico sigue aún hoy flotando abandonado en algún lugar del mundo. Siempre pensé que el mar un día nos escupiría toda la basura que le estábamos tirando. Ojalá lo hiciera, nos lo merecemos.

Durante el invierno El Oasis apenas tenía clientes: parientes y algún pescador despistado.

 Hoy es tres de diciembre y hace calor. El Sol ha calentado las fibras de madera de la tarima del bar y ya no se quejan tanto cuando las pisas. Estoy sentada en la terraza, soy la única turista. Delante de mí se abre la orilla con sus olas enroscadas en espuma transparente. Miro al cielo, respiro y me siento a disfrutar de un vaso de vino blanco. “Por fin estoy en mi sitio”, mi rinconcito.

 Conozco de memoria cada mancha turquesa de aquellas aguas templadas: cada roca, cada hoyo, cada banco de arena. Su olor particular, sus algas de flecos, sus bolitas de posidonia y su viento; poco a poco me devuelven la calma que necesito. Ningún problema puede ser más grande que el mar. Por importantes que nos parezcan, por incomprensibles y angustiosas que se nos presenten nuestras preocupaciones, nada son comparadas la con la constancia e inmensidad del mar. Su fuerza y perseverancia nos recuerda lo pequeña e insignificante que es la existencia humana en la infinita red espacio temporal del universo. Cierro los ojos un momento. Me echo hacia atrás con la espalda resbalando el cuerpo hacia adelante para tumbarme un poco en la silla y noto que se moja una de mis manos al apoyarse en el suelo. Me incorporo para secarme y veo un rastro de sangre fresca que llega desde la barra del bar.

La mezcla de sangre y arena en el suelo, en vez de asustarme, me devuelve de nuevo a un momento de mi infancia. Tenía unos once años por aquel entonces. Acababa de bañarme en la piscina cuando al salir, mientras abría la puertecita de plástico que separaba el recinto de la entrada principal del edificio, me choqué con la portera. En ese momento estaba intentando atarme la toalla a la cintura así que tardé unos segundos en levantar la cabeza y entender lo que estaba pasando. Se había cortado las venas. La sangre borbotaba de sus muñecas tiñendo de rojo los ladrillos blancos de la piscina. Nunca había visto tanta sangre. Es curioso como el mismo fluido pueda ser al mismo tiempo vida y muerte según donde se encuentre y la dirección que tome. Tenía que reaccionar. Los primeros instantes fueron entorpecedores. Me quedé inmóvil delante de ella sin saber qué hacer ni qué decir. Esa mujer se había intentado suicidar cortándose las venas y yo era la única persona que lo sabía. Los chorros de sangre esparciéndose por el suelo llegaron a tocarme.

 Una pequeña mancha caliente en mi dedo gordo del pie y nuestras miradas se separaron para transformarse en gritos. Los míos pedían buscaban ayuda. Los de ella, en cambio, esa misma ayuda la rechazaban. —Dejadme, por favor, dejadme que me vaya….  —gritaba. No tardaron en llegar su marido y algunos vecinos. Recogieron a Jacinta, que mientras tanto se había caído al suelo desmayada, y se la llevaron al hospital.

Pocos días después, volví a encontrármela saliendo de la piscina. Llevaba el antebrazo bien vendado y parecía tranquila. Quise preguntarle por qué lo había hecho, pero no fue necesario. Me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Me iré solo cuando yo lo diga”. Días después, mi tía me contó que su marido quería llevársela de vuelta al pueblo para poder ganar dinero durante la temporada baja trabajando en los campos. La pareja llevaba más de veinte años viviendo en los Arenales ocupándose de la manutención del edificio y de los turistas. Jacinta había estado allí desde los diecinueve, desde que tuvo que casarse con el viudo de su hermana, José Viñales. Un hombre de campo, quince años mayor que ella. No tenían hijos. Jacinta solía pasear todas las mañanas por la playa, muy temprano, antes de empezar con sus tareas. Mi abuela y mi tía a veces la acompañaban. Había nacido en el campo, lejos del mar y de su orilla, pero había aprendido a amarlo más que cualquier otra persona nacida aquí. Daba gusto verla tan feliz, decía mi abuela.

Me incorporo y vuelvo al presente. Era un hombre alto, aunque caminaba encogido debido a una mala postura. No lo conocía. De la mano le colgaban dos bonitos recién pescados con ojos saltones y branquias rojísimas. La sangre que goteaba provenía de los peces. Volví a mi vino y fijé la mirada de nuevo en el horizonte. Pensé en Jacinta y sonreí.

Continue Reading

El teatro de los sueños

enero 5, 2020 Reflexiones Comments (0) 36

La casa-museo de Figueres, un único bloque surrealista

Situada cerca de la frontera con Francia, la ciudad de Figueres se muestra al viajero como un único y compacto bloque surrealista en el interior de la provincia de Gerona. Entre polígonos industriales y húmedos bosques de robles, encontramos este pequeño núcleo urbano –por extensión, ya no por historia– mundialmente conocido gracias al genio creativo del más ilustre de sus ciudadanos: Salvador  Dalí. Con su Teatro-Museo concedió a Figueres un nuevo legado artístico con el que introducirse  en el mundo del turismo internacional. La mejor prueba de dicha transformación la constituye la  Torre Galatea, anteriormente conocida como Torre Gorgot y última parte de la antigua muralla de la ciudad. Aquí fue además donde el pintor quiso transcurrir sus últimos años en compañía de su queridísima Gala (mujer y musa de gran parte de su obra). Los conocidos  e imponentes huevos que coronan su torreón –metáfora del origen de la vida– hacen de ella uno de los edificios más extravagantes y aclamados del país. Los trabajos de restauro del viejo teatro comienzan en 1966 bajo la guía meticulosa del mismo Dalí, que en esta ocasión ejercerá de director artístico. Su primer y mayor logro fue completar la estructura portante con una grande cúpula geodésica, realizada por el arquitecto Emilio Pérez Piñero, con la intención declarada de rendir homenaje a los grandes arquitectos del Renacimiento.

Visitar esta casa, significa adentrarse en los meandros de la subjetividad de la mente humana, el mundo del subconsciente y de sus libres asociaciones. La teatralidad de sus imágenes nos invade mientras nos aventuramos entre sus salas, pasillos y ventanas, en un marco espacio temporal que nos confunde y transporta en una dimensión mítica, donde todo vale y nada está establecido: el sueño.

Quiero que mi museo sea como un bloque único, un laberinto, un enorme objeto surrealista. Será un museo absolutamente teatral. La gente que lo visitará saldrá de allí con la sensación de haber tenido un sueño teatral.

La expresividad subjetiva del sueño y la sensación de libertad conceptual que nos producen sus imágenes, marcan en todo aquel que participe a la prueba, un antes y un después, una huella imborrable de nuestra experiencia a través del espejo.

Continue Reading

Las Gafas de Clark Kent

enero 5, 2020 Reflexiones Comments (0) 37

No hay espacio para el héroe. Lo vulgar se ha convertido en el único dictamen.

Cuántas veces nos habremos preguntado por qué un extraterrestre como Superman se ve obligado a esconderse detrás de una aburrida apariencia humana como es la de su alter ego Clark Kent. Y por qué, pudiendo por ejemplo ver a través de las cosas con su visión rayos X, decide ponerse un par de gafas. En definitiva, ¿quién es el loco que renuncia a esos poderes para confundirse entre la gente común, despreciando de esta manera una vida de llena de ventajas?

Y muchos de nosotros habremos también imaginado –y deseado– que Clark Kent confesara al mundo su identidad y deshiciera de una vez ese entramado de impotencia y frustración que su precaria situación laboral – y sentimental – nos producía.

“¡Yo lo haría!”, pensamos. Nada más lejos, en cambio. Ya que, de manera lamentable, así es exactamente como nos comportamos hoy. Tras años de esfuerzo y sacrificio, nuestro ser social se ve obligado a retroceder bajo la kriptonita del pensamiento único que debilita. Nos disfrazarnos de Clark Kent para poder encajar en el hueco que se nos ha asignado. Becarios de nuestro proprio yo, no nos es permitido pensar o razonar originalmente bajo pena de la exclusión. Un sistema en el que ya no hay espacio para lo personal, porque la moral del grupo se substituye a la del individuo. Un grupo con moral autoritaria. Un reino consumista y aniquilador donde la diferencia es un problema. Y para formar parte de esta comunidad hay que despojarse de lo extraordinario. Hay que mirar a través de los mismos cristales, del mismo vicio de forma.

Y así, una tras otra, el sistema engulle nuestras diversidades autoalimentándose. El resultado es una grande masa homogénea y sin cabeza donde la opinión, la sin razón y la ignorancia ocupan el lugar de los hechos, la lógica y el saber y lo hacen solo porque muchos así lo han aceptado. La multitud que por número se transforma, aspira, a la cualidad. Aceptar el falso ya no es mayor peligro que el de ser alejado del grupo.

Continue Reading

Una noche toledana

enero 4, 2020 Cuentos Comments (0) 46

De las miles que en el tiempo se vivieron.

En Toledo hubo un canto de mujer desesperado que viajaba por las calles solitario entre las gentes. Bereberes y cristianos, señores y artesanos, mercaderes y doncellas, todos gritan, nadie escucha. Mil razones por cabeza y religiones por moneda.

Mientras una brisa despejaba el último respiro de una madre de Toledo.

Con la ciudad perdida en una noche sin estrellas, ninguna comprensión le queda sino su lamento, noble y desahuciado, así cada momento la muladí recitaba: «Señor, haz que oigan de mis labios cuánto amor es necesario». Paredes lúgubres y húmedas la envuelven mientras canta. La certeza de una vida despojada de legado, la devuelve a la fe de un tiempo ya pasado.

El orgullo de mi tierra a mis hijos ha condenado, ya sus cabezas yacen lejos de mis manos. De mi destino no me importa. Si el coraje del perdón nos ha faltado, haz de mi dolor y mi pesar oportunidad de redención para aquellos que vendrán.

Quien Toledo ha visitado, y el viento allí ha escuchado, también su leyenda habrá conocido, ya que, desde aquella noche, el viento lleva consigo, aquellas voces de quienes por orgullo, en el tiempo, perecieron.

Continue Reading